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Pareja-examen y pareja-almohada

Pues eso, que he visto que se me iba el mes sin postear nada y me ha parecido una cosa tonta teniendo como tengo tres o cuatro temitas en el cargador. Subo uno ligerito a la recámara y disparo, baby.

Imaginemos el hipotético caso de un tal Sujeto H que, cuando va a verse con su señorita, llamémosla, no sé, Sujeto A, se intenta vestir con sus mejores galas, se baña con profusión, casi con violencia, se peina hasta los pelos de los brazos, se acicala, se perfuma, en resumen, acude bien emperifollado a la date (el «emperi» es parte importante de la palabra). Por otro lado, el padre de Sujeto H, cuando llega a casa con su vetusta esposa, lo primero que hace es cambiarse, ponerse cómodo con algún trapo cutre, y después de un día de trabajo (no demasiado físico, pero vaya) la ducha ya si eso para después.

Este ejemplo tonto y obvio sólo lo necesitaba para que captéis de entrada la cosa, ya se va entendiendo, ¿no? Últimamente por cosas que te pasan en la vida me he dado cuenta de que hay dos tipos de pareja, o mejor dicho, dos dimensiones en la pareja: la pareja-examen y la pareja-almohada. Y no en temas tan banales como los de la situación hipotética de arriba, precisamente.

Voy a hacer una lista, con puntitos a la izquierda, que me hace ilusión.

  • La pareja-examen se toma su vida noviil como una serie de objetivos a alcanzar y satisfacer sin descanso. Debo regalar esto o lo otro por tal o cual motivo, debo darle cariño siempre que quiera, debo estar veintimuchas horas al días pendiente de su estado anímico, de si me necesita para cualquier cosa; ni una palabra que no haya sido premeditadamente colocada para no fallar jamás, ni una mínima muestra de desacuerdo o disgusto, ella siempre tiene la razón. Ella está en constante prioridad 0, nunca te dediques a otra cosa si ella necesita aunque sea para la más tonta nimiedad. La más mínima relajación es un fracaso, un punto menos en el examen continuo que es vuestra relación. Te hace feliz, y sientes que debes dedicar todos tus esfuerzos a merecértelo.

  • La pareja-almohada llama a su pichoncito cuando sale de estudiar de la biblioteca a las tantas de la mañana y no quiere volver sola a casa, para que se despierte y la acompañe. Expresa todos sus deseos, da rienda casi suelta a su egoísmo de cara a su pareja, porque sabe que está para eso, para satisfacerle y hacerle feliz. Reparte la carga de sus preocupaciones entre los dos todo lo que puede. Se preocupa menos por vestir decentemente, por ir bien peinada. Su gachón o gachí es una parte fundamental de su vida, como una madre, que siempre estará ahí, es una cómoda almohada en la que apoyarse y cargar la pesada cruz del día a día, con la que compartir objetivos y aspiraciones. No tienen que demostrarse nada, ambos saben que se quieren, que son compatibles y son felices juntos, y no se preocupan de tener que hacerlo ver cada dos por tres.

Supongo que lo normal es empezar muy pareja-examen y paulatinamente convertirse cada vez más en pareja-almohada, con sus altibajos según las circunstancias, y que es una cosa normal. Son dos funciones distintas de la pareja, servir como objetivo en la vida y a la vez como soporte para descansar de ella misma. Yo me muero de ganas tanto de hacerla sonreír flamantemente con un regalo lo más acertado y currado posible como de espachurrarme a gusto en el sofá a jugar a la Play mientras ella está al lado, no sé, leyendo o haciendo punto, disfrutando de su compañía sin más preocupaciones. Me parecen las dos igual de bonitas e importantes, y si falla alguna de las dos, lo siento, pero la relación está incompleta. O eso digo yo que aunque no tengo ni fruta idea de nada hablo como si viniera totalmente de vuelta de la vida, el Universo y todo lo demás (probablemente caiga post sobre esto mismo).

A ver qué opina la muchachada más experimentada por aquí, ¿cómo ha evolucionado vuestro nidito de amor?

Cosas de (publicidad de) marca

Me van a permitir mis buenos lectores un momento de sosiego y esparcimiento, un pie sobre la mesa, una pequeña anecdotilla susurrada a los nenes (ustedes) que se reúnen en corro en la alfombra a los pies de mi butaca. ¿Ya? ¿Listos? Bueno, tampoco es tanta cosa.

Mi madre, como dueña de una tienda de alimentación, desde que tengo memoria recibe cada dos por tres algún agasajo de sus proveedores para fidelizar la cosa. Que si mochilas, camisetas, estuches, bueno, y aquella vez que un proveedor especialmente desesperado nos regaló unas ¿cinco? bicicletas y un par de motillos de gasolina, lo que nos reímos, ¿eh?, el par de semanas que duraron sin caerse a pedazos, claro. Vamos, de todo tipo de cosas nos ha llovido por ahí, un surtidor de tontadas de propaganda continuo y caudoloso.

El caso es que por culpa de, o gracias, a todo ese material de gratix se ha dado una circunstancia curiosa durante toda mi vida, y es que, siendo como soy de familia más bien acomodada, un gran porcentaje de las cosas que he tenido durante toda mi vida han sido cutradas publicitarias.

Foto de mi persona vestida de propaganda.

En esta composición, la única que he encontrado, destaca un servidor, hace cosa de un año, vestido con una camiseta del Club Carrefour en una excursión donde toda la clase iba vestida en el plan pijo que se aprecia a mi alrededor. La historia de mi vida.

Sólo recuerdo, de toda mi vida de estudiante, haber tenido una mochila que no fuera de publicidad (la que tengo ahora y llevo usando todo el curso es de Eurowin). Ahora ya menos, pero hasta hace un año o así prácticamente toda mi ropa era de publicidad (os escribo con una camiseta de… bueno, de un torneo de pádel, no preguntéis que no lo sé), algunos polos y camisas incluidos; he llevado a clase estuches de lo más bochornosos y estrafalarios, he tenido los balones y colchonetas de playa más cutrongos y, bueno, todo por el estilo. Lo más gracioso era cuando me invitaban a un cumpleaños, y mi madre aprovechaba para deshacerse de un montón de chorraditas de estas, metiéndolas junto con un par de chuches de la tienda en una mochila (también de propaganda) y llamar a ese conjunto «regalo». Al principio me resbalaba, pero cuando me fui haciendo mayorcito (y se fueron metiendo conmigo) fui empezando a quejarme a mi madre por tamañas gitanadas, a lo que ella imponía su ley marcial y me mandaba a ajo y agua. Poco después dejaron de invitarme a los cumpleaños, así que bueno, no big deal.

Una conversación típica que aún mantengo con frecuencia es tal que así:
—Mamá, que necesito [inserte bien material aquí, no sé, una mochila o un estuche típicamente].
—Toma. *Se va a algún rincón recóndito y me saca algo parecido a [inserte bien material blablabla], por ejemplo (caso real) un neceser en vez de un estuche.*
—Pero mamá, joé, que esto no me vale, que…
—Que no, que haces el avío y punto.

El caso es que con el tiempo he ido adquiriendo un pensamiento reivindicativo respecto a esta bonita costumbre familiar. A mi alrededor sólo veo borreguitos obcecados con sucedáneos de estilo de vida, mientras yo me siento orgulloso por apañarme con cualquier cosa que valga más o menos para lo que quiero sin preocuparme demasiado por las pintas (hasta que me eché novia, claro). Todos los extremos son malos, pero esta extraña austeridad acomodada le hace a uno coger un enfoque de las cosas un tanto zen (o no, porque mis hermanos son todos unos sibaritas). Eso sí, a día de hoy no tengo ni idea de comprar o elegir ropa presentable ni de hacer regalos.

En fin, esa es la historia.

Instante

Es extraño. Es extraño que algo tan simple sea tan extraño.

Nosotros las personitas y todo a nuestro alrededor vivimos naufragados en un flujo constante de… de todo. El flujo de flujos, la cuesta abajo por la que rueda el Universo. Un flujo de unidades infinitesimalmente pequeñas llamadas instantes; se podría decir que un instante contiene todo el Universo estático y la información para pasar este Universo al siguiente instante. El tiempo, que llaman a este flujo. Ha estado siempre ahí, todos sabemos lo que es, nada nuevo.

Lo que es curioso es la forma de percibir esto que tenemos nosotros las personitas. Básicamente, tenemos tres grandes categorías donde metemos a saco todo este flujo: el pacífico y añorado pasado, el incierto y deseado futuro, y el fugaz y únicamente real presente. La gracia de todo es que el presente, siendo lo único realmente real, es totalmente inalcanzable si no es por el apoyo y ayuda de las abstracciones que son el pasado y el futuro; el presente es un instante, y un instante ¡es demasiado pequeño! A ver si consigo transmitir esta idea, o más bien hacérosla sacar a flote, porque dudo que haya habido algún humano en toda la Historia que no haya sentido en algún momento el dolor del tiempo.

Un instante es algo bastante fácil de imaginar; lo hacemos desde que aprendimos a jugar al pollito inglés. Hala, todo quieto de repente. Lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos: nada cambia en ese instante. Sin embargo, cuando nos imaginamos el instante, lo hacemos apoyándonos en el tiempo: no imaginamos realmente el instante, sino que lo que hacemos es propagarlo en el tiempo, alargarlo, hacer que los siguientes instantes sean iguales a él. Resumiendo, no somos capaces de tratar adecuadamente con un instante. No podemos. Inmediatamente el futuro se convierte en presente se convierte en pasado.

Pero lo único real es el presente, un presente que sólo aloja un instante. Uno de esos instantes que no somos capaces de vivir.

Beso de atardecer

Intentando eternizar un instante.

Quiero decir, lo habéis sentido todos. Habéis deseado con muchísima fuerza algo, ha llegado, lo habéis disfrutado como habéis podido y ha quedado en el pasado. Y sabes que son las reglas, pero no lo has aceptado. Porque ¡qué cojones!, yo quiero mi instante de vuelta. Quiero vivirlo tanto tiempo como me apetezca, y luego guardarlo en un cajón, y cuando eso, hacer un GOTO y volver a la casilla que más te plazca. Pero no. Viviste tu instante de forma tan desgarradoramente fugaz que a veces, cuando paramos el carro un poquito y miramos a dónde se supone que estamos, nos resulta absolutamente inaceptable. Y entonces, en un momento de iluminación, sientes la gran estafa en la que, despreocupado, vives cotidianamente.

Pretendemos disfrutar el presente, el instante, pero sólo nos sentimos cómodos al tratar con el pasado mediante el sucedáneo edulcorado de vida que es recordar, y con el futuro, mediante otra vida de humo que es el planear e imaginar. Planeamos e imaginamos un instante futuro que al llegar al presente durará un inefable infinitésimo de tiempo e inmediatamente pasará a los archivos del pasado, y ahí sólo podrá vivirse en triste y falsa retrospectiva en el recuerdo. ¿Y así es como vivimos? ¿En serio? ¿Así? ¡Es absurdo!

El tiempo corre y lo único que vivimos en un instante que dura tan poco que los conceptos de «durar» y de «poco», y todo tipo de concepto en realidad, pierden su significado. Y aquí estamos nosotros, vivos, conscientes de alguna manera profundamente misteriosa, a caballo entre un presente demasiado fugaz y un pasado/futuro demasiado irreales para contenernos.

No sé, tío, es todo muy extraño.

Fascismo cotidiano

Un post breve, sencillo, inspirado, directo, sensacionalista, falaz, demagogo como ya indica el título, incoherente, desgarrado, cabreado, sin restricciones, a por todas; se pilla la idea. Lo necesito.

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo.

—Roy Batty, Blade Runner.

A todo aquel que cree que el poder que se le ha concedido, porque el poder siempre es concedido ya quer uno por sí mismo no controla jamás una mierda, tiene el más mínimo derecho a usarlo egoístamente y pasa a arrasar con lo que controla por el simple placer desquiciado de poder hacerlo; aquel que se masturba el ego a base de pisotear el cráneo del más débil sintiéndose de alguna forma superior a él por ello, de alguna puta forma incomprensible para una persona que merezca llamarse persona, sin darse cuenta de que con ello sólo demuestra ser del género más bajo de mierda que puede existir sobre la Tierra; aquel a quien el delirio de control ha hecho perder totalmente la visión de la realidad, la bases de éste, ha olvidado que el poder es un medio para hacer el bien, para hacer la justicia, para proteger aquello que amas, y lo convierte en un fin en sí mismo, metiéndose en un círculo vicioso absurdo, en el poder por el poder por el poder por el poder por el poder; aquel que olvida que las personas son libres, que si están bajo tu poder es porque así lo han decidido, por un bien mayor, que se trata de una relación basada en el respeto mutuo y en el beneficio de ambas partes, que nadie tiene la obligación de servirte, que, por ti solo, no vales más que nadie hasta que ellos no decidan lo contrario, y que en cuanto dejes ejercer correctamente tu papel son libres de romper el contrato y mandarte a la mierda; para todo aquel que emplee el miedo más radical y profundo, las armas más sucias y cobardes, que tiene que recurrir a ello porque ha perdido todo lo demás por sus propios méritos, que disloca su código moral y su conciencia para adecuarla a su febril motivación por un poder falso, sin base, fantasmal. A todo aquel.

Hijo de la gran puta. Mereces la muerte, merecéis ser brutalmente expulsados de este mundo para que aquellos a los que patéticamente subyugas puedan sentirse libres de una vez por todas, sin un ápice de miedo, nunca más. Cobarde. Tu ansioso deseo desesperado por mantener tu poder recurriendo a cualquier cosa no hace sino constatar con la fuerza de mil soles tu absoluta cobardía y debilidad. Débil. Eres repugnante y patéticamente débil, me das asco, no quiero que respires el mismo aire que yo, no quiero que disfrutes de la misma vida que disfrutamos las personas decentes, las personas responsables de nosotros mismos, las personas que pueden llamarse personas. Quiero que te hundas, quiero que te hundamos, que en el último instante sientas ese mismo miedo, que supliques el perdón que antes tanto buscabas de tus víctimas, en el último instante antes de pegarte el pisotón final que te hunda en el infierno de la nada.

Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada.

—Edmund Burke.

También tengo unas palabras para ti, para mí, para nosotros. El bulto, la masa circundante al problema, la legión de pobrecitos habladores pusilánimes que permiten todo esto a base de mirar para otro lado, de ponerse excusas, de confiar en el aire y el destino, de arroparse con el cinismo más descarado o el humor negro sacado de quicio, convertido en droga para la conciencia. Os dejáis llevar por un miedo que no os corresponde, que no os afecta, un miedo falso surgido de la apatía, la pereza, la comodidad y el egoísmo colectivo de que siempre le toca a otro, un miedo cómodo y feliz que nos hace construir un castillo de papel que nos resguarde en nuestra zona erróneamente segura hasta que venga un hijo de puta a sacarnos de él y entonces lloremos e imploremos y pataleemos y odiemos a los que nos rodean y son como fuimos, escondidos en sus propios castillos; el amparo en lo general y normal, la excusa rastrera y asfixiante, la reivindicación de ídolos terrenales y vacíos. Los que olvidan que la justicia no viene de regalo, que es algo que debe defenderse y construirse a cualquier precio, con la misma fuerza de aquellos que pretenden destruirla, y que una vida y un mundo sin ella no merece la pena. A todos nosotros.

No valemos más que ellos. Ellos existen porque nosotros existimos, porque nosotros lo permitimos. Maldito seas, malditos seamos mil veces, maldita sea esta absurda raza humana tan débil y tan frágil que se hunde en sus propias contradicciones y mentiras. Mentirosos todos. Mentirosos porque os consideráis buenos y no lo demostráis. Falsos. Panda de ratas pisoteables que somos. Nos merecemos nuestro vil yugo cuando nos llega porque no destruimos el yugo de los demás cuando pudimos. Violas todos los lazos, todos los principios y acuerdos que hagan falta, los conviertes en humo y en sombra cuando se trata de salvar tu culo. Tú también me das asco. Yo también me doy asco.

El bofetón que suelta uno al que le insulta es más humano, y por ser más humano, más noble y más puro que la aplicación de cualquier artículo del Código penal.

—Miguel de Unamuno.

No os preocupéis. No espero nada ni de unos ni de otros. No me quedan esperanzas. No me quedan esperanzas en ti, Humanidad.

Dos ideas así

Nuevos tiempos, nuevas influencias. La fórmula infame parece que se agota en la blogosfera, así es la cosa. Bastante ha hecho ya. El caso es que hoy traigo dos… cómo podríamos llamarlo… ah, sí, que lo puse ya en el título, vamos, todos sabéis igual que yo la palabra que creo adecuada y que voy a soltar ahora, algunos incluso imaginaréis la cursiva, así que dejémonos de poses: dos ideas. À la Miguel Noguera, filósofo del siglo XXI y genio sobreanalista de lo cotidiano. No temáis, no pretendo ponerme a su nivel. De sus ideas™ cojo la forma y como mucho el estilo, la presentación, y poco más. No es algo consciente, simplemente esta vez me ha salido así. Sin embargo, la temática es bastante diferente; nada de disparates, nada de imaginación por doquier, simplemente un poco de opinión sobre dos cosillas sueltas que todos hemos visto o de alguna forma percibido alguna vez. Allá va.

La primera.

Es Nochevieja, o no, el caso es que te has levantado con ángel esa mañana, con estrella, con purpurina celestial. Estás radiante, luz en los ojos, gomina natural en el pelo, la cara como un sol, la sonrisa como un cepillo de dientes. Sigues poniéndote las gafas y embutiéndote la barriga en los pantalones, claro, porque por mucha aura que te haya bendecido esa mañana sigues siendo el mismo feoncio de siempre. El caso es que te duchas, tal, vas al colegio, al gimnasio, al trabajo, y la chica va y te dice: ¡estás muy guapo! Genial, ¿no? La chica, o tu madre, qué más da, pues opina algo bonito, algo encomiable sobre ti.

Un chico que está la mar de guapo.

Pues no. Como ya dijera el repulsivo filósofo y cantautor, no es lo mismo ser que estar. Si estás guapo es porque no eres guapo, igual que si estás tonto es porque no eres tonto. Estás, estado, estado temporal, remarcando lo de temporal. Lo siento, nene, ese día no mojas, como ningún otro. Estás guapo comparado contigo mismo, digamos que das una buena impresión respecto a la impresión normal que suelen llevar de ti; eso no significa ni de lejos que vayas a tener alguna oportunidad extra.

Y vosotras, no seáis así, guardad vuestra inconsciente lengua viperina y daos cuenta que podéis despertar pretensiones insatisfacibles. Ya sé que no es vuestra intención. Simplemente haced caso al señor Harad y recordad que guapo nunca va con está, a menos que seas un cani refiriéndose al nuevo BMW Nosequé o al FIFA pa la Plei del año que toque. Que por cierto, hace once años era el FIFA 99 y ahora vamos por el 10, pero esto qué es, ni Donnie Darko, oiga.

La segunda.

Más breve, más sutil y más cogida por los pelos. Esa gente cuya pseudofilosofía de la vida es prestar atención a las pequeñas cosas de la vida. Propongo una mejor: ahorquemos a Coelho. Ya sabéis toda la parafernalia de esta gente, que si pasar lentamente y con deleite existencial la escobilla del váter, que si sonreír en el espejo por la mañana y abrir el huevo Kinder con tus hijos antes de quitarte la corbata, llorar con tu niña cuando te trae un suspenso del cole o se le rompe una cerda del violín, que no todo es bonito, y bueno, esas cosas.

Semáforos: una pequeña cosa.

Y llega una persona de esas, al volante, en un semáforo, pum, se pone en verde. Pero él resulta que no tiene prisa, y le pitan, pero no tiene prisa, porque las pequeñas cosas son las importantes, por eso tarda 20 segundos en arrancar, por eso, por las pequeñas cosas, lo entiendes, ¿no? ¿Ves la relación lógica? Yo tampoco.

A ver, el semáforo es una puta cosa pequeña, de las que tienen importancia. Te aseguro que cuando el puto presidente de la CIA está aprovechando un semáforo para firmar un acuerdo nuclear por teléfono con Bin Laden o con Makarov o lo que sea, no va a salir pitando cuando se ponga en verde, porque eso es una pequeña cosa y lo otro es una gran cosa. Si de verdad dieras importancia a las pequeñas cosas, darías importancia al ignominioso semáforo y serías el primerísimo en meter primera y tirar pa’lante. Así que déjate de gilipolleces, tú lo que eres es un neohippie de palo de los de Saber vivir en ristre o un jodido vago que no emplea su escaso tiempo de vida para cosas grandes porque le pesan los huevos y se monta una filosofía a medida alrededor de ese penoso hecho en vez de intentar hacer que te asciendan pisoteando a los débiles y mandando a tus hijos a actividades extraescolares para no tener que hacerles caso. Frack off.

Y ya.

Sienta bien soltar una parrafada tal y como te viene a los dedos de vez en cuando. Mejor no acostumbrarme ni acostumbraros.

Fidelidad post mortem

Prácticamente todas las decisiones que se toman en la vida se encuentran plenamente predeterminadas por la convención social, en un lamentable espectáculo de borreguismo masivo en el que muy pocos se atreven a considerar lo que realmente quieren, por qué lo quieren y cómo lo quieren. Cuando naces te encuentras con que ya te han escrito toda tu vida antes de empezar, con que sólo tienes que ir dando clic a «Siguiente» hasta que te frene la muerte, desdicha fuerte. Nada nuevo.

Dentro de esta marea de convenciones se encuentra la pareja, con toda la parafernalia que la rodea; lo que me interesa ahora de ella es el acuerdo (tristemente implícito, la mayoría de las veces) de fidelidad. El imperativo vendría a ser «no te tires a nadie más mientras estés con tu pareja», entendiendo «tirarse» en un sentido metonímico amplio, claro. Luego, cuando cometes la bobalicona chorrada de casarte, esto se une al mantener para siempre a una misma pareja, hasta que la muerte os separe; quedando, a fin de cuentas, un grácil «no te tires a nadie más hasta que tu pareja la palme». Y en ese último detalle quiero hacer hincapié.

Esto le va a parecer una gilipollez a más de uno, pero yo, que por todos es sabido que pertenezco a la élite ético-moral y que las convenciones sociales me resbalan, pienso seguir siendo fiel a mi pareja (definitiva, se entiende) en el caso de que ella muera antes que yo.

Arwen Undómiel junto al cadáver del rey Elessar.

Hay muchos motivos para ser fiel. Un buen motivo es no hacer daño a tu pareja. Gracias a este motivo las infidelidades ocultas en páginas como el Meetic están a la orden del día; total, mientras tu pareja no se entere no le va a hacer daño y no va a estar mal, ¿no? Pero vale, combinemos este motivo con el propósito de no mentir, pongamos que realmente le eres fiel por no hacerle daño y no mentirle. Todo bien, pero si tu pareja te diera permiso para estar con otras personas, ¿tú querrías? Probablemente. Yo no.

Yo prefiero pensar que la fidelidad recae más sobre mí que sobre mi pareja. La chica de mi vida es una, única y absolutamente especial, por el hecho de ser la chica de mi vida. Mi vida será más bonita y profunda si cumplo con esto con todas las consecuencias. Esto en la práctica es igual al caso anterior, le eres fiel y punto… hasta que llega el momento en que el Universo se la lleva al otro barrio.

Es comprensible que, si la fidelidad para con tu pareja era meramente pragmática, del tipo no dañar+no mentir, al morir tu pareja te busques a una nueva. Si, como en mi caso, se basa en la convicción de la unicidad de tu pareja, esa unicidad se mantendrá en el caso de que muera y, por lo tanto, no podré irme con otra sin sentir que estoy estafando a mí mismo y a lo que significó esa pareja.

Y ahora lo que a mí me gusta: el caso extremo, el caso jodido. Pongamos que soy un chico joven que lleva un par de años con una joven chavala. Pongamos que un buen día le cae un yunque encima, le atropella un Airbus o se corta la yugular con un sobre. Pongamos que muere. Tengo toda la puta vida por delante y la que esperaba que fuera mi compañera de viaje se ha bajado del tren mucho antes de tiempo. ¿Y ahora qué? ¿Vivo el resto de mi larga vida solo? ¿Estoy traicionando a mi pareja por ello? ¿Es justificable?

Yo, desde ya, prefiero pasarme de heavy que quedarme corto así que diría que pasaría el resto de mi vida solo, en honor a la autenticidad de ese amor. Ahora bien, reconozco que es una situación realmente extrema y que no podría decir con seguridad lo que haría si llego a encontrarme en esa situación.

Que Mandos no lo quiera.

Nueva entrada

Pues eso, después de otro periodo de inactividad hoy me dispongo a romper el silencio y actualizar un poco el blog con una nueva entrada.

¡¡INOCENTES!!

Nah, es coña, hoy va a ser un día como cualquier otro para el blog, esto es, sin ningún tipo de novedad más allá de los comentarios, mucho menos una entrada nueva.

Ducks at our door

Por cierto, he aprobado el práctico de conducir.

Soso crónico

Los físicos me caen mal porque es la profesión que más probabilidades tiene de destruir el mundo.

Esa es la forma que tendría la frase que se me cruzó por la cabeza hace un rato si la hubiese tuiteado. Iría más o menos en mi línea habitual, no sería un tuit brillante pero tampoco malo, lo mismo le caería algún favoriteo imprevisible de algún rezagado, no lo sé. Pero he decidido no hacerlo; en vez de ello, utilizarlo para analizar un problema que tengo y que últimamente me está carcomiendo más de lo normal.

A ver, me han dicho muchas cosas gracias a mi actividad por Internets: que soy agudo e ingenioso, que soy un genio, que soy decente (qué filón de ego esto de las listas), vamos, que de tanto apoyo moral que me dais por aquí apenas me di cuenta de cuando murió mi abuela. Supongo que cosas como el tuit de antes, así, soltadas en frío y con cierta entidad propia, le da a uno un aura de persona aparentemente interesante.

Pero mirémoslo ahora dentro de una conversación, una conversación normal, face à face.

—¿Qué estudias?
—Física.
—Oh, Física. Pues me caen mal los físicos, es la profesión que más probablemente destruya el mundo.

Y eso es, le he agregado un toque de dislexia del directo para añadirle realismo pero vamos, ya está,lo mismo le saco una risita, probablemente no, pero ahí queda la cosa. Como mucho le podría agregar un «Pero vamos, que los siguientes en probabilidad somos los informáticos», sonrisita afilada de las mías y listo, a eso se reduce toda mi anterior genialidad, y los siguientes diez minutos sin hablar un carajo. Y eso si se me ocurre la gracieta en el momento, que no es lo normal, a mí las cosas tardan unos diez segundos en ocurrírseme, por eso sólo caigo medio bien por MSN, donde puedes tardar lo que quieras en responder.

Creo que ya se pilla el problema. Soy un chaval casi sin ningún tipo de iniciativa, incapaz de improvisar ni la más banal conversación, un tipo que si no pasa desapercibido es por lo sobresalientemente insulso que resulta. Lo que se dice un soso de manual.

Hay quien dice que lo único que tengo que hacer es soltarme, lo típico. Puede ser. Pero tengo miedo de que no. Me da la sensación de que en realidad estoy vacío de interés por dentro. Por ejemplo, si ahora quisiera contar una anécdota… simplemente no se me ocurriría nada que contar, absolutamente nada, ni chistes ni nada por el estilo, estas cosas se me olvidan sin piedad con una velocidad asombrosa. Lo único que se me ocurre ahora mismo es aquella vez que apareció un camaleón en la puerta de mi casa, y bueno, ahí acaba todo, me lo encontré, pfé, genial, la casa de la guasa. Este blog es pura muestra de ello, cuando lo abrí de verdad creía que tenía algo que contar, y aquí lo veis, con una entrada aburrida cada dos meses, 42 entradas en casi un año de rodaje. Es realmente lamentable todo esto.

Y creo que no hace falta que diga que esto es una mierda. A veces me da por ignorar todo esto y refugiarme en aquello que controlo, a veces me enfrento a ello y lo hago parte de mi personalidad, y afirmo con determinación que no me hace falta y que yo soy más que un papagayo que habla y habla de todo y a la vez de nada. Pero lo cierto es que es una putada ser un aburrido en la práctica, sentirlo cada vez que alguien se molesta en prestarte un mínimo de atención, intentar convencerte a ratos de que no lo eres para volver a pegártela en la menor ocasión de contacto social. Y, aunque me duela admitirlo, qué decir tiene que el social es un ámbito de la vida que es necesario y deseable desarrollar para estar satisfecho y conseguir tus objetivos.

Y bueno, supongo que con esto pretendo desahogarme un poco, confesar sin caer en tópicos que realmente todo lo que veis de mí es casi ficticio y pedir consejo; si hay alguien que cree que ha pasado por mi situación agradecería mucho que me contara sus batallitas, que llevo una racha de modo emo ON que no me aguanto ni yo.

Mañana me voy a cagar en mis paranoias de madrugada, pero en fin.

La falacia del ateísmo

Hoy vengo, más que nunca, a ilustrar al mundo con mi luz de impepinable verdad universal, así que si te caigo bien mejor sáltate este post.

Yo no soy cristiano, un buen día a los doce años decidí dejar de serlo y convertirme en agnóstico. Estaba viendo un documental de no se qué, algo astronómico creo recordar, cuando surgió la duda en mi cabecita y perdí la fe, así, chas, adiós, Dios, nos veremos, o no, cuando estire la pata.

Pero desde el principio tenía claro que el ateísmo no tenía sentido. Sentido lógico, quiero decir. Con los datos que tenemos no podemos llegar a la conclusión de que no existe un dios. Y como soy un chico universitario y doy Lógica, voy a demostrar esto con cálculo proposicional, como hacen los hombres de verdad, para que no quepa duda más allá de la mala interpretación formal del argumento (estaré encantado de recibir correcciones al respecto en los comentarios, si tenéis huevos).

p: Dios no existe.
q: El mundo existe.
r: El mundo no necesita un Dios para existir.
[p ∧ q → r. q. r.] |= p

Para el que no sepa de estas cosas (como yo hace un mes o yo ahora mismo, que creo que llevo un 4 de media ahora mismo en Lógica), la formulita vendría significando algo como «Si Dios no existe y el mundo existe, el mundo no necesita un Dios para existir. Sabemos que el mundo no necesita un Dios para existir. Luego Dios no existe».

Y ahora, a demostrar que esto es falso, con una simple tabla de verdad. Bueno, dos.

p q V F p ∧ q r V F
V V F V V F
F* F* F F* V* V

He marcado en amarillo los casos posibles, y en verde los casos seguros (porque se dan como premisas). Y la conclusión es… ¡Sorpresa! La deducción es inválida, ya que puede darse el caso, como marcan los asteriscos, de que p sea falso (esto es, que Dios exista), y que tanto q como r sigan siendo verdaderos (esto es, que el mundo exista y que el mundo sea posible sin Dios). Es posible que Dios exista aunque no sea necesaria su existencia.

Y ahora vamos a jugar un poco. Vamos a cambiar ligeramente la fórmula, quedando así:

[p ∧ q → r. q. r.] |= ¬p

Si seguimos la tabla de arriba, se ve que esta situación es de igual manera que antes lógicamente inválida, pero posible. El único cambio es que al final, en vez de afirmar que Dios no existe, afirma lo contrario: que Dios sí existe. Podría decirse que este es el argumento creyente.

Sólo hay una diferencia entre los dos argumentos: mientras que el creyente es consciente de la inconsistencia lógica de sus creencias, y por lo tanto simplemente tiene fe, el ateo cree estar siguiendo una decisión racional al negar la existencia de Dios. Y no. Negar la existencia de Dios es igualmente fe, como hemos podido comprobar.

Por eso me toca infinitamente los lacasitos que un gilipollas que no sabe pensar diga cosas como «El ateísmo es la evolución del agnosticismo» (sic), «Un agnóstico es un ateo que tiene miedo a aceptar que después de la muerte no hay nada» (sic, y con el comentario coloreado a positivos en Menéame) y demás mamarrachadas de predicador de barrio y se crea el puto amo de la verdad absoluta, de la razón lógica aplastante, la iluminación de este mundo de rebaños de creyentes y pusilánimes, cuando está cayendo en la misma mierda que critica pero además creyendo que no.

Así que hala, si eres uno de esos ateos iluminaditos que se creen el übermensch tienes un cajetín de comentarios ahí abajo para devolverme la hostia virtual. Si eres capaz de darla tan fuerte como yo.

Dos historias sobre historias

Hace unos días me fui a la Plaza de España (por recomendación de Aloisius) y me senté por allí, sin hacer realmente nada. En esto se viene el tío que estaba sentado solo en el banco de al lado y se sienta conmigo.

Plaza de España.

Era un chaval joven, de veintipocos, con pinta de friki y un marcado y horrible acento madrileño. Dijo que venía del pueblo, y que la gente de ciudad va a su bola, y que yo parecía tenso, que por qué, y que abrazos gratis y chorradas por el estilo. Me contó toda su vida y parte de la extranjera, mientras yo oía, sonreía y asentía mientras sujetaba con fuerza mi móvil y la bolsa de mi portátil. En un momento dado me preguntó qué me gustaba leer.

—Eh… de todo un poco…
—¿Narrativa?
—Sí, bueno… Ciencia ficción, sobre todo —me daba vergüenza decir «fantasía», que es lo mío.
—Buah… a mí es que la narrativa no me gusta, ¿sabes? O sea, para qué quiero leerme yo un libro de 500 páginas para aprender lo que un hombre se ha inventado porque sí.

Por supuesto, no estaba de acuerdo con eso, pero su postura me dejó pensando (mientras él seguía parloteando, hasta que vino un amigo suyo negro y con patines y se fueron a jugar al billar). Y me di cuenta de que no tenía una defensa sólida de la importancia de las historias de ficción, de las novelas. Enlacé luego con esa gente que dice que no se debería enseñar Historia o Latín en el colegio. Y recordé lo difícil que se me hacía defender su importancia para la educación de la muchachada. Era lo mismo.


Hace menos días volvía yo en el metro de la Facultad, y en frente mía había un padre con su hijo, que tendría unos cinco o seis años. El niño le pedía con insistencia a su papá que le contara un cuento, y que le contara un cuento y que le contara un cuento, y el padre trataba de evadir el tema sin éxito.

Foto dentro de un vagón del Metro de Madrid.

Finalmente el niño se sentó y el padre se puso, ahí delante, a improvisar una historia. No estaba demasiado currada, pero era igual, el niño miraba embobado el expresivo rostro del narrador, de pie en frente suya, muy metido en su papel de cuentacuentos, mientras el sudamericano sentado al lado, que hace unos minutos me había hecho apretar con un poco más de fuerza la bolsa del portátil, observaba la escena divertido, sonriendo. La verdad es que la cara del nene era de esas que te hacen desear follarte a la cani más cercana (que para el caso estaba a pocos metros), esperar a que pariera, mandarla a la mierda y quedarte con el niño para ti.

El tren frenó aproximándose a la estación, el padre-narrador interrumpió el cuento y ambos se dieron prisa para bajar del vagón. Mientras salían, miré con respeto al padre y pensé que, por fuerza, tenía que ser un buen padre, de esos de verdad, de los que, de haber implantado en España un carnet de padres (algún día lo habrá, algún día), llegarían de los ocho a los quince puntos sin una sola falta, de los que el niño, cuando se fuera de Erasmus a emborracharse con suecas, echaría de menos de verdad. En consecuencia, el niño sería una buena persona en el futuro, una persona con la que gustaría hablar, que llegaría a ser padre y contaría también cuentos inventados a sus hijos en el metro volador. Y llegué a esa conclusión sólo porque el padre contó una insulsa y estúpida historia, allí, en un vagón de metro, en vez de enseñar al niño a hacer sumas de tres cifras o a decir «perro» en inglés.


Y colorín colorado, este post, que no es un artículo de la Wikipedia sobre ingeniería o economía sino un par de desdeñables vivencias de un adolescente cualquiera, se ha acabado.