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Batiburrillo programadorcillil

Otra cosa no, pero si algo tiene el chico que os escribe es mucho tiempo libre. Y lo mismo me pongo a deambular por la red que me echo una partida al Teeworlds o que abro el Coda y me pongo a programar (o codear, como dicen los cools) cualquier chapuza que se me ocurra; así transcurren mis días, y si ya soy poco creativo en estas ociosas condiciones, sin el impulso que me da el tiempo libre (como bien dijo este comentador) probablemente ssería un cani analfabeto más.

El tema es que en los últimos días me he sacado tres cosas de la manga: dos las comento simplemente para darme autobombo y subirme el ego, y la otra la comento porque afecta al blog y sobre todo a mis estimados comentadores.

  • Quién te followea, un cutreservicio para Tuitis que compara tus followers con tus following, para ver quién te corresponde y quién no. Lo cierto es que llevaba casi un año con el proyecto abierto, pero hace unas semanas me dio por terminarlo definitivamente y ahí está. Su principal feature es que tiene unos spinners muy cucos.

    Logo de Quién te followea

  • Quién te favoritea, al hilo del servicio anterior, lo saqué precisamente ayer con la colaboración estelar de Glztt, que me hizo el diseño. Lo que hace es mirar cuáles de tus tuits han sido marcados como favoritos por tus followers: un egómetro en toda regla.

  • Y este ya tiene que ver con el blog. Una consecuencia del paso de los foros a los blogs es la pérdida de protagonismo de los usuarios, a no ser que se use OpenID o cutradas de estas del usuario no se lleva más que un registro puntual de nick, correo y URL. Pero como yo os quiero mucho y, aunque probablemente os perjudique más que agradaros, me gusta daros una cierta entidad de «usuario-persona» y no simplemente de comentadores puntuales, he montado esta página como centro de datos del usuario.

    Por ahora sólo muestra los datos del usuario (más bien, del último comentario de ese usuario) y su lista de comentarios en el blog, pero si eso le puedo ir añadiendo cosillas de forma similar las antiguas páginas de usuario en los foros. Y esta es la parte que quizá os cabree un poquito: en los comentarios de los posts he sustituido el enlace a la web por el enlace a la página de usuario correspondiente, aunque al lado he dejado el enlace en un (URL) un tanto cutre.

    No sé si tendrá buena acogida, y siendo tan cutre supongo que sólo será viable en un blog igualmente cutre como este, pero bueno, ahí lo dejo, y si alguien quiere poner algo parecido en su blog que me lo comente y lo hablamos. En principio no hay requisitos, es un pequeño script muy simple.

Y esto es todo amigos, aunque como tengo un par de ideas igualmente inútiles en mente puede que veáis de nuevo un batiburrillo como este cuando las tenga en el aire (las ideas, digo).

La maldición del pavo

Desde tiempos ancestrales, desde los más profundos cimientos de la historia de nuestro país, pesa sobre todos nosotros, sobre cada nuevo españolito una terrible maldición con la que tendrá que enfrentarse en una etapa ineludible de su vida. Es una maldición misteriosa e indeterminada, una maldición que ni siquiera la RAE, tras concienzudas y trasnochadas reuniones y juntas de los más expertos académicos, ha sido capaz de definir.

2. m. coloq. Hombre soso o incauto. U. t. c. adj.

Desde el principio de los tiempos nuestras madres han venido llamando a este inevitable infortunio como «el pavo».

¿Y qué es el pavo? Todos lo sabemos. Al menos, en parte, porque se distinguen claramente tres tipos de pavo: el tipo de humor consistente en hacer el animal irracional y reírse sin demasiado motivo, el tipo de conducta consistente en andar poco espabilao (como romper un vaso, tirar una pelota con poca fuerza, etc.) y… el estado misterioso que al parecer nos afecta a todas las personas entre, más o menos, los doce y los dieciocho años. La fatídica y frecuentemente recurrida edad del pavo.

1. f. Aquella en que se pasa de la niñez a la adolescencia, lo cual influye en el carácter y en el modo de comportarse.

Gráfica del pavo, aumenta hasta los 15 años y luego disminuye gradualmente.

Gráfica del pavo, con sus distintas etapas aproximadas; puede variar entre madre y madre.

Si de algo son poseedoras nuestras madres es de la verdad absoluta. Si ellas, llegada una edad, deciden que te ha llegado, es que te ha llegado y punto. Suelen comenzar a eso de tus trece años con «este niño empieza tempranito con el pavo», siguen a los quince con «si es que ya está en la edad, qué edad más mala con el pavo, qué le vamos a hacer», y continúan reduciendo la brusquedad del discurso gradualmente con «a este le está durando el pavo, con espolones que tiene ya» a los diecisiete, dieciocho o la edad con la que estiman superada la maldición.

¿Síntomas? Todos y ninguno. Son contradictorios. Si empiezas a tontear con el sexo opuesto, es que estás en el pavo. Si sigues jugando al fútbol (si eres macho) o criticando a las demás niñas (si eres hembra) y no haces caso del sexo opuesto, es que estás en el pavo. Si bebes y fumas y te vistes chungo, es que estás en el pavo. Si te quedas en tu casa, rechazas las alcohólicas invitaciones de tu familia y te apartas de los fumadores, es que estás en el pavo. Si pasas del colegio y te pasas el día jugando a la Plei, es que estás en el pavo. Si eres aplicado y responsable y te pasas el día hincando los codos, es que estás en el pavo. Si creces y te desarrollas y le sacas dos cabezas a tu padre, es que estás en el pavo. Si te quedas como en los diez años y tus amigos empiezan a verte como un despojo social, es que estás en el pavo. Si sigues en tu mundo de Yupi con tu mente vacía de criterio, es que estás en el pavo. Si te interesas por la política, la actualidad y te atreves a opinar, es que estás en el pavo. Y así ad infinitum (sí, ya repito latinajos, os soltaré algún otro guay en cuanto pueda). No hay escapatoria.

¿Solución? Por consecuencia de los síntomas expuestos, no puedes hacer nada voluntariamente. Sólo hay dos soluciones, incontrolable la primera, que se combinan: el tiempo y la acusación. Si eres un jovenzuelo en sus quince primaveras cuya abuela acaba de tildar de pavo, lo lamento: no hay nada que hacer. Tienes que dejar pasar un par de años, cuando tu edad empiece a sonar larga (dieciséis, diecisiete, dieciocho), para ir desembarazándote de la maldición mediante la noble acción de acusar de pavo a otro. Si tienes un hermano poco más joven que tú, estás de enhorabuena: por medio de «hay que ver mamá, este ya está con el pavo» con cualquier excusa, le irás traspasando poco a poco tu desdicha. Porque, obviamente, para llamar pavo a otro es que tú tienes que ser menos pavo que él. Finalmente, aunque el límite no está definido (hay quien se remonta hasta los veintitantos), acabarás por desembarazarte de esa pesada carga y serás recibido en el rango de los maduros.

¿Consuelo? Si se dan las circunstancias hay un consuelo posible. Si tu madre tiene entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años mientras estás en este infame período, puedes vengarte con la menopausia. Siempre que la ocasión lo permita, puedes soltarle un «ay mamá, qué edad más mala» con todo el sarcasmo que seas capaz de cargar, y quedarte tan a gusto con tu mordaz contraataque.

Si eres uno de estos mozuelos en plena edad del pavo, ánimo, amigo. Este período es conditio sine qua non (ea, ahí lo lleváis) para alcanzar ese sueño de la infancia que es que te tomen en serio. Una vez lo hayas pasado podrás darte la vuelta, reírte de ti mismo y de los demás chavales que se encuentren en esa etapa. O eso quiero creer, porque yo, con mis diecisiete años, aún no me he deshecho del todo de la sombra misteriosa de la maldición del pavo.

¿Cuál es el avatar de MSN menos horrible?

MSN, tres letras que cambiaron Internet. Sí, ya existían de antes otros IMs, qué más da, la realidad es que en este país el chat personal llegó de la mano del Puto Billy (las múltiples caídas de MSN, tanto en sus inicios como ahora, le ganaron ese amistoso apodo de mi parte, al que recurría cada vez que reconectaba). Recuerdo mis caóticos inicios, cuando era el único de mi clase que lo tenía, que agregué a un tipo sólo porque se llamaba como yo de nombre y primer apellido, recuerdo cuando me agregó por la cara un tipo de un foro en el que había estado hacía un tiempo y a raíz de eso todo lo que vino después. Mi sociabilidad en la preadolescencia y adolescencia, bastante tristemente debo reconocer, se ha basado en esas siglas por lo menos en un 60 %. (Dejemos un 20 % a foros, blogs y demases.)

El MSN Messenger, ahora Windows Live Messenger o, como lo llamábamos y seguimos llamando todos, simplemente MSN, siempre ha sido muy cutting edge; no conozco ningún IM que ofreciera avatares antes que ellos (qué gran revolución con el MSN 6), o videoconferencia, o emoticonos personalizados y toda la pesca de pijaditas horteras y en muchos casos insoportables que les siguió; muchos dirán que no incluir estas características es una feature porque son superficiales y tal pero a mí que no me vengan con rollos: dadme las máximas opciones de comunicación posibles y yo ya elegiré si usarlas o no.

En fin, como siempre me pierdo por las ramas. Los emoticonos predefinidos del MSN me parecen sinceramente los mejores que he visto nunca, consiguen una expresividad y a la vez una elegancia que queda a leguas de alternativas como los horribles smileys de phpBB o los inquietantes de Y!M. Pero por el contrario, los avatares predefinidos, ese set de fotografías que hoy en día sólo podemos ver a los que han subido de versión o se han conectado desde ancá suprima, porque nadie los usa durante emasiado tiempo, son sencillamente una galería de los horrores.

Galería estándar de avatares de MSN.

Tenían que ser número primo.

Vale, no son tan feos, pero no sé, tienen como un halo de repelencia, de prefabricación demasiado típica y estereotipada (¡un cohete!, ¡un balón!, ¡caballos!, ¡un skater! ¡Qué enrollados somos, colegui!), cualquiera de ellos sería el avatar que se dejaría puesto el hombre asqueroso. Y cuando, por cosas de la vida, tengo que elegir uno que ponerme mientras estoy en ordenador ajeno o algo, siempre me quedo dudando entre todos ellos con igualdad de preferencia; todos me repelen con la misma intensidad, así que tras un rato de deliberación acabo escogiendo uno al dedillo aunque sin conseguir quedarme a gusto con la elección. Es como escoger entre mierda de husky o de samoyedo, igual de agradables son.

Imagino que sólo por el hecho de ser de la raza inferior MSN y todo el rollo muchos de los que leais esto (¿he dicho muchos?) estaréis de acuerdo conmigo, y sin embargo seguro que tenéis alguno predilecto o que por lo menos os dé menos asco que el resto. Por eso pregunto, ¿cuál creeis que es el menos horrible de todos estos avatares?

Se abren las apuestas.

La deceleración de la ilusión

Ay, el fascinante mundo empresarial. La forma más sutil que ha encontrado la humanidad de demostrarse a sí misma lo egoísta y despiadada que es. Acumulador de las más suaves pieles de cordero para las más sanguinarias fieras asesinas; lo mejor es que después de tantos años de relación entre empresa y consumidor ya todo el mundo ha pillado el truco, y aunque en los anuncios nos siguen vendiendo esa imagen paternal ya no creo que quede nadie que se tome esto como algo más que pura retórica. A no ser que estemos hablando de Google o de Apple, claro.

Cuento todo esto sólo para aclarar que no me refiero a este tipo de hipocresía tan reconocida y arraigada por todos.

En muchos proyectos nuevos, digamos, con un componente social (léase Iglesia, PSOE (y no digo el otro porque de componente social tenía poco desde el principio), PNSOA, asociación de vecinos del barrio de al lado, Jisko, etc.) se suelen mantener unos principios positivos hacia alguna causa más o menos altruista, ya sea promover la libertad, la igualdad, los derechos, el ego, en fin, cualquiera de estos grandes valores. Sin embargo, es cuestión de tiempo que este buen rollo inicial se vaya desvirtuando con el tiempo y, lo que antes era una actitud sincera y activa, se vuelve una especie de lema impuesto, de apellido heredado de los buenos tiempos que muchas veces se vuelve una verdad incómoda, sobre todo, cuando te lo recuerdan y te echan en cara que estás pasando de los propios principios iniciales de la iniciativa, unos principios que, aunque no has dejado de apoyar, sí has dejado de lado como algo pasivo.

Y eso es algo que me ha pasado a mí mismo con algunos asuntos, en algún foro más que nada, en los que acabas tratando a la gente que en un principio lo que más querías era ayudarles lo mejor posible como a una panda de cansinos que vienen periódicamente a molestar un poco y al que mandas con desprecio a leer las FAQs, usar el buscador o le sueltas cualquier ironía interna que haga que se sienta en cualquier sitio menos en un lugar acogedor. Supongo que es algo que le pasa a todo el mundo en mayor o menor medida. Tampoco creo que se solucione simplemente rotando a los integrantes del grupo; esto puede ayudar, pero de alguna forma la deceleración se queda inmanente al grupo en sí, al perder la novedad.

Esta desilusión creciente en los proyectos personalmente me parece horrible, sobre todo en estos tiempos en los que me parece que cada vez estamos más pasivos, nacen menos proyectos, hay menos creatividad en general (cosa que se deja ver en las artes, como la música o la literatura), y rebosa por todas partes un sentimiento de esto ya no es lo que era que extiende la crisis económica en una crisis de la sociedad en general. Bueno, no pretendía ponerme tremendista, pero supongo que todo está relacionado.

Y la pregunta que siempre me gusta lanzar, o por lo menos insinuar, en una especie de analogía a la entropía universal, que es la suma de la entropía de todos los sistemas, sería: ¿cuál es la fórmula para vencer y anular este decremento natural de la ilusión en el gran proyecto global que es la humanidad, que al fin y al cabo es la suma de todos nuestros proyectos individuales?

Demostrándote al mundo

Cada vez estoy más convencido de que en el pensar humano hay mucho de autoengaño, que somos una panda de hipócritas de cara a nosotros mismos y, por extensión, de cara a los demás. Me parece que hacemos muchas cosas pensando, o más bien convenciéndonos, de que la hacemos por una razón digamos «noble», bien intencionada, cuando en realidad las hacemos por puro egoísmo o satisfacción personal. Quizá todas.

Pero no quiero extenderme con esto. El caso es que muchas veces nos sorprendemos pensando o actuando de forma contradictoria, paradójica; muchas veces hacemos cosas que sabemos que nos van a causar sufrimiento cuando se supone que lo que intentamos ante todo es evitarlo, o renunciamos a nuestros principios por un rato de satisfacción inmediata, o juzgamos casos iguales en situaciones distintas con una doble moral en favor propia (cosa muy típica de nuestros amigos los católicos, algún día hablaré de esta gente). Cosas de las que muchas veces no somos capaces de darnos cuenta hasta que en un momento dado nos entra la iluminación y pensamos «¿pero qué se supone que estoy haciendo?».

Hay un caso concreto que supongo que ocurrirá sobre todo para los creidillos como yo, que vamos dándonoslas de independientes y de principios inquebrantables y que no nos dejamos influir por ningún tipo de circunstancia y tal. Estamos discutiendo con alguien, alguien de estos que dicen «jeje, cuando te pase a ti ya veremos, ya», y tú dices entonces «y dale, que porque tú no tengas principios y seas un puto animal yo voy a tener que caer en los mismos fallos que tú, pues no, yo me controlo» (bueno, todo esto más bien lo maquillas un poco si todavía te queda un poco de esperanza en caer bien y tal), y entonces, en un rinconcito de tu mente, nace un deseo, el deseo de pasar por la misma situación de la que te hablan para demostrar la fortaleza de tus principios.

Y bueno, en algunas cuestiones poco trascendentales esto puede no tener nada de raro, por ejemplo en pedirte o no una Big Mac cuando estás a dieta. Pero muchas veces lo que discutes es qué harías en una situación jodida, de esas que se supone que nadie querría que le pasara, porque son chungas, se sufre, y nosotros lo que queremos ser felices, claro, cómo no. Pero ya es tarde, estás deseando ponerte en una situación extrema que ponga a prueba tu voluntad, buscas demostrarle al mundo (y, en muchas ocasiones en las que dudas de tus propias palabras, demostrarte a ti mismo) que eres capaz de ser coherente con tus palabras en tiempos de bonanza. Y así, te encuentras queriendo que dejes embarazada a alguna chica, o que alguna tipa molona se te insinúe cuando debes ser fiel a otra tipa, o que te ofrezcan algún producto raro en medio de mucha presión en el entorno, o incluso que se muera una persona a la que quieres. Todos casos reales. Bueno, deseos reales, claro. Ningún caso me ha llegado a suceder. Por suerte. Soy, cómo no, un tipo de boquita.

En fin, esto no pasa de lo anecdótico, no pretendo hacer crítica por esta vez. Sólo me resulta curioso que, en un momento dado, seamos capaces de desearnos cosas tan malas sólo por el afán de demostrarnos al mundo, de verificar nuestra coherencia. Y, aunque obviamente si en ese momento nos dan a elegir nunca tomaremos, por eso de que tenemos razón, autocorrección y tal, estas situaciones tan chungas, lo que no te quita nadie es ese deseo masoquista que está ahí y es real.

Chananan-nan chananán

¿Sabéis cuando una canción te gusta, bueno, está bien y tal, la escuchas, la vuelves a escuchar, la escuchas una vez más, la escuchas con frecuencia, la escuchas por todos lados, te persigue allá donde vas, se esconde en los momentos más insospechados sólo para sonar una vez más hasta que generas el más absoluto de los odios por ese trocito de composición musical?

Vale, yo no, soy uno de estos que si les gusta una cosa les da igual verla u oírla diez, cien o mil veces que le seguirá molando… a no ser que la saquen demasiado de contexto, como es el caso. Por ello hago un llamamiento a los señores organizadores de espectáculos, a los poseedores de móviles con realtonos (al 7777 y tal), a los realizadores de sonido de montajes videográficos, a los directores de bandas de música, en fin, a toda clase de gente susceptible de reproducir audio para que, por lo que más quieran, dejen de meter con calzador la musiquilla de los Piratas del Caribe a la más mínima ocasión.

En serio, la melodía está bien en su ambiente, en su película, quizá en algún que otro momento así donde encaje bien, pero no como as en la manga de cancioncilla popularucha animosa en plan «uy mira cuánta acción transmitimos con este clip tan dicharachero». Porque habéis conseguido que le coja una manía considerable a una música que en su jugo mola bastante.

En fin, me siento un poco Juankiblog. Bueno, todavía no. Verga. Ahora.

Hasta el límite

Hay una pregunta que en estos últimos meses me ha estado viniendo constantemente a la cabeza, a raíz de cierto fracaso personal. Es un fracaso de estos que aunque se ven venir, cuando llegan te quedas con el culo torcío preguntándote qué ha pasado con todo lo que tenías, con lo que pudiste haber tenido, con lo que ya nunca tendrás. Vamos, un FAIL bien gordo que te hace replantearte mucho de la estructura de la realidad que tenías establecida.

Esa pregunta es: ¿hasta qué punto somos capaces voluntariamente de cambiar nuestra realidad? Dicho de otro modo, ¿cuál es límite entre lo posible y lo imposible para una persona?

Nietzsche viejuno.

Así acabó el señor Friedrich, el del superhombre y tal.

Yo era el típico listillo que decía «Y los que quieren dejar de fumar, ¿por qué no dejan de fumar y ya está?», y cuando ellos me decían «no es tan fácil» y tal simplemente pensaba que no tenían la suficiente fuerza de voluntad, que eran unos animales sin autocontrol que se engañaban a sí mismos. Lo mismo con los estudios, con el carácter, las dietas, las metas personales, cualquier cosa. Pensaba que todo era cuestión de echarle la suficiente voluntad, y que todo lo que se interponía entre tú y tu objetivo era algo a aplastar con la sola fuerza de tu libertad. Que éramos libres de llegar hasta donde quisiéramos, todos, sólo que a unos les costaría más y a otros menos.

Hasta que llegó la hora de poner esto en práctica. Me llegó la oportunidad, cogí mi objetivo y me decidí a conseguirlo a pesar de todo lo que me separaba de él, que era mucho, muchísimo. ¿Demasiado? Esa es la cuestión. ¿Hay algún punto en el que tu objetivo llega a estar demasiado lejos como para alcanzarlo? Estaba convencido de que no. Sólo tenía que andar lo suficiente, lo veía como algo lineal, ir subiendo peldaño a peldaño, con la fuerza que fuera necesaria. No veía que quizá, en algún punto, el esfuerzo por subir no compensaría, o que simplemente no debía subirlos, porque me acabaría destrozando sólo por el afán de llegar a la cima, o que el llegar al objetivo no sólo dependería de mí, que las variables y las constantes limitaciones podrían imposibilitar la misión. Además, tenía varias posibilidades: abandonar mi objetivo sin más, tratar de llegar a él por una vía intermedia, más cómoda y gradual, o tratar de alcanzarlo con toda radicalidad. Me decidí por la segunda opción, me pareció suficiente. No me voy a engañar, nunca arriesgué demasiado, hasta que fue demasiado tarde. Y fracasé. Todo dejó poco a poco de tener sentido. La escalera se desvaneció bajo mis pies.

Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿No fui lo suficientemente fuerte como para lograr mi meta, como los fumadores arrepentidos? ¿Fue culpa de las variables externas, que hicieron imposible conseguir lo que quería? ¿Fue culpa de las constantes, por lo que la misión nunca fue realmente posible? Son cosas que nunca sabré, porque nunca llegué hasta el límite de mis capacidades. Pude hacer más, pude tomar la vía radical. Y, aunque visto con la perspectiva actual no me parece que la culpa haya sido fundamentalmente mía, en su momento el sentimiento de culpa, el complejo de perdedor era total en mí.

Hasta que este sentimiento no fue suficiente. No sabía si era de verdad mi culpa. Porque la realidad está ahí. Por más que yo pensase que mi voluntad era la variable fundamental de la ecuación, lo cierto es que probablemente había otras igual o más importantes; sin ir más lejos, voluntades ajenas. Así que, aunque yo hubiese sido débil e insuficiente y eso rompiese mis esquemas mentales de predominio de la voluntad, la realidad no tenía por qué adecuarse a ellos. Todo es un entramado muy complejo de circunstancias, tensiones y fuerzas, de funcionamiento interno de las personas, de capacidad real de control. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo voy a actuar si no soy capaz siquiera de saber si soy capaz de actuar? ¿Tiene sentido tener una conducta determinada? ¿Tiene algo sentido? Llega un punto en que nada te parece demasiado real. Cuando se desmorona tu escalera no tienes dónde agarrarte.

Solución

Con la patochada esta de los cartelitos ateos parece que poca gente se ha dado cuenta del verdadero significado de la palabra «probablemente». Muchos dicen que por ello los colegas carteleros son ateos de pacotilla, o de no ser convincentes. Yo les acuso de incoherentes. De que probablemente no exista Dios yo no saco que haya que vivir la vida como si no Dios existiera, sino precisamente lo contrario. Yo lo entiendo más como un «posiblemente Dios exista». Extrapolando el caso al tema del post, a las metas, el eslogan sería algo como «Probablemente tu propósito es inalcanzable, así que deja de preocuparte y ponte ciego en el botellón.» Y yo digo: «Puede que tu propósito sea factible, así que deja de meterte mierda y dalo todo por conseguirlo». Que no se diga que, si fallaste, fue por tu culpa.

Y este es mi consejo final: hagas lo que hagas, actúa como si no existiera límite. Dalo todo. No pienses en el fracaso fuera de ti. Ignora la realidad y simplifícalo todo. Imagina que tu camino es una extensión estática entre tú y tu objetivo. Porque esa es la única forma de llegar hasta el límite, de no tener que arrepentirte de nada si fracasas. No sólo se trata de ponerte a cumplir tu misión, tienes que exprimirte al máximo aunque no lo creas necesario. Porque las cosas pueden torcerse o no ser como tú pensabas que eran, y en ese punto, en ese punto lo único que importa no es tu determinación sino tu densidad de actuación. No es el movimiento sino la velocidad, no son los metros, sino los metros por segundo.

Y allí, en tu límite, en el límite abstracto que debes ignorar pero que existe, aunque no te voy a decir que triunfarás, como creía yo, si fracasas, al menos habrás jugado todas tus bazas, no podrás echarte nada en cara y tu vida tendrá tanto sentido como es capaz de tener.

Aunque, bueno, eso es otra entrada.