
Prácticamente todas las decisiones que se toman en la vida se encuentran plenamente predeterminadas por la convención social, en un lamentable espectáculo de borreguismo masivo en el que muy pocos se atreven a considerar lo que realmente quieren, por qué lo quieren y cómo lo quieren. Cuando naces te encuentras con que ya te han escrito toda tu vida antes de empezar, con que sólo tienes que ir dando clic a «Siguiente» hasta que te frene la muerte, desdicha fuerte. Nada nuevo.
Dentro de esta marea de convenciones se encuentra la pareja, con toda la parafernalia que la rodea; lo que me interesa ahora de ella es el acuerdo (tristemente implícito, la mayoría de las veces) de fidelidad. El imperativo vendría a ser «no te tires a nadie más mientras estés con tu pareja», entendiendo «tirarse» en un sentido metonímico amplio, claro. Luego, cuando cometes la bobalicona chorrada de casarte, esto se une al mantener para siempre a una misma pareja, hasta que la muerte os separe; quedando, a fin de cuentas, un grácil «no te tires a nadie más hasta que tu pareja la palme». Y en ese último detalle quiero hacer hincapié.
Esto le va a parecer una gilipollez a más de uno, pero yo, que por todos es sabido que pertenezco a la élite ético-moral y que las convenciones sociales me resbalan, pienso seguir siendo fiel a mi pareja (definitiva, se entiende) en el caso de que ella muera antes que yo.

Hay muchos motivos para ser fiel. Un buen motivo es no hacer daño a tu pareja. Gracias a este motivo las infidelidades ocultas en páginas como el Meetic están a la orden del día; total, mientras tu pareja no se entere no le va a hacer daño y no va a estar mal, ¿no? Pero vale, combinemos este motivo con el propósito de no mentir, pongamos que realmente le eres fiel por no hacerle daño y no mentirle. Todo bien, pero si tu pareja te diera permiso para estar con otras personas, ¿tú querrías? Probablemente. Yo no.
Yo prefiero pensar que la fidelidad recae más sobre mí que sobre mi pareja. La chica de mi vida es una, única y absolutamente especial, por el hecho de ser la chica de mi vida. Mi vida será más bonita y profunda si cumplo con esto con todas las consecuencias. Esto en la práctica es igual al caso anterior, le eres fiel y punto… hasta que llega el momento en que el Universo se la lleva al otro barrio.
Es comprensible que, si la fidelidad para con tu pareja era meramente pragmática, del tipo no dañar+no mentir, al morir tu pareja te busques a una nueva. Si, como en mi caso, se basa en la convicción de la unicidad de tu pareja, esa unicidad se mantendrá en el caso de que muera y, por lo tanto, no podré irme con otra sin sentir que estoy estafando a mí mismo y a lo que significó esa pareja.
Y ahora lo que a mí me gusta: el caso extremo, el caso jodido. Pongamos que soy un chico joven que lleva un par de años con una joven chavala. Pongamos que un buen día le cae un yunque encima, le atropella un Airbus o se corta la yugular con un sobre. Pongamos que muere. Tengo toda la puta vida por delante y la que esperaba que fuera mi compañera de viaje se ha bajado del tren mucho antes de tiempo. ¿Y ahora qué? ¿Vivo el resto de mi larga vida solo? ¿Estoy traicionando a mi pareja por ello? ¿Es justificable?
Yo, desde ya, prefiero pasarme de heavy que quedarme corto así que diría que pasaría el resto de mi vida solo, en honor a la autenticidad de ese amor. Ahora bien, reconozco que es una situación realmente extrema y que no podría decir con seguridad lo que haría si llego a encontrarme en esa situación.
Que Mandos no lo quiera.
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19/01/2010 16:23
Opinión