
Un post breve, sencillo, inspirado, directo, sensacionalista, falaz, demagogo como ya indica el título, incoherente, desgarrado, cabreado, sin restricciones, a por todas; se pilla la idea. Lo necesito.
Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo.
—Roy Batty, Blade Runner.
A todo aquel que cree que el poder que se le ha concedido, porque el poder siempre es concedido ya quer uno por sí mismo no controla jamás una mierda, tiene el más mínimo derecho a usarlo egoístamente y pasa a arrasar con lo que controla por el simple placer desquiciado de poder hacerlo; aquel que se masturba el ego a base de pisotear el cráneo del más débil sintiéndose de alguna forma superior a él por ello, de alguna puta forma incomprensible para una persona que merezca llamarse persona, sin darse cuenta de que con ello sólo demuestra ser del género más bajo de mierda que puede existir sobre la Tierra; aquel a quien el delirio de control ha hecho perder totalmente la visión de la realidad, la bases de éste, ha olvidado que el poder es un medio para hacer el bien, para hacer la justicia, para proteger aquello que amas, y lo convierte en un fin en sí mismo, metiéndose en un círculo vicioso absurdo, en el poder por el poder por el poder por el poder por el poder; aquel que olvida que las personas son libres, que si están bajo tu poder es porque así lo han decidido, por un bien mayor, que se trata de una relación basada en el respeto mutuo y en el beneficio de ambas partes, que nadie tiene la obligación de servirte, que, por ti solo, no vales más que nadie hasta que ellos no decidan lo contrario, y que en cuanto dejes ejercer correctamente tu papel son libres de romper el contrato y mandarte a la mierda; para todo aquel que emplee el miedo más radical y profundo, las armas más sucias y cobardes, que tiene que recurrir a ello porque ha perdido todo lo demás por sus propios méritos, que disloca su código moral y su conciencia para adecuarla a su febril motivación por un poder falso, sin base, fantasmal. A todo aquel.
Hijo de la gran puta. Mereces la muerte, merecéis ser brutalmente expulsados de este mundo para que aquellos a los que patéticamente subyugas puedan sentirse libres de una vez por todas, sin un ápice de miedo, nunca más. Cobarde. Tu ansioso deseo desesperado por mantener tu poder recurriendo a cualquier cosa no hace sino constatar con la fuerza de mil soles tu absoluta cobardía y debilidad. Débil. Eres repugnante y patéticamente débil, me das asco, no quiero que respires el mismo aire que yo, no quiero que disfrutes de la misma vida que disfrutamos las personas decentes, las personas responsables de nosotros mismos, las personas que pueden llamarse personas. Quiero que te hundas, quiero que te hundamos, que en el último instante sientas ese mismo miedo, que supliques el perdón que antes tanto buscabas de tus víctimas, en el último instante antes de pegarte el pisotón final que te hunda en el infierno de la nada.
Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada.
—Edmund Burke.
También tengo unas palabras para ti, para mí, para nosotros. El bulto, la masa circundante al problema, la legión de pobrecitos habladores pusilánimes que permiten todo esto a base de mirar para otro lado, de ponerse excusas, de confiar en el aire y el destino, de arroparse con el cinismo más descarado o el humor negro sacado de quicio, convertido en droga para la conciencia. Os dejáis llevar por un miedo que no os corresponde, que no os afecta, un miedo falso surgido de la apatía, la pereza, la comodidad y el egoísmo colectivo de que siempre le toca a otro, un miedo cómodo y feliz que nos hace construir un castillo de papel que nos resguarde en nuestra zona erróneamente segura hasta que venga un hijo de puta a sacarnos de él y entonces lloremos e imploremos y pataleemos y odiemos a los que nos rodean y son como fuimos, escondidos en sus propios castillos; el amparo en lo general y normal, la excusa rastrera y asfixiante, la reivindicación de ídolos terrenales y vacíos. Los que olvidan que la justicia no viene de regalo, que es algo que debe defenderse y construirse a cualquier precio, con la misma fuerza de aquellos que pretenden destruirla, y que una vida y un mundo sin ella no merece la pena. A todos nosotros.
No valemos más que ellos. Ellos existen porque nosotros existimos, porque nosotros lo permitimos. Maldito seas, malditos seamos mil veces, maldita sea esta absurda raza humana tan débil y tan frágil que se hunde en sus propias contradicciones y mentiras. Mentirosos todos. Mentirosos porque os consideráis buenos y no lo demostráis. Falsos. Panda de ratas pisoteables que somos. Nos merecemos nuestro vil yugo cuando nos llega porque no destruimos el yugo de los demás cuando pudimos. Violas todos los lazos, todos los principios y acuerdos que hagan falta, los conviertes en humo y en sombra cuando se trata de salvar tu culo. Tú también me das asco. Yo también me doy asco.
El bofetón que suelta uno al que le insulta es más humano, y por ser más humano, más noble y más puro que la aplicación de cualquier artículo del Código penal.
—Miguel de Unamuno.
No os preocupéis. No espero nada ni de unos ni de otros. No me quedan esperanzas. No me quedan esperanzas en ti, Humanidad.
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11/03/2010 02:59
Asociedad, ¡Protesto!Nuevos tiempos, nuevas influencias. La fórmula infame parece que se agota en la blogosfera, así es la cosa. Bastante ha hecho ya. El caso es que hoy traigo dos… cómo podríamos llamarlo… ah, sí, que lo puse ya en el título, vamos, todos sabéis igual que yo la palabra que creo adecuada y que voy a soltar ahora, algunos incluso imaginaréis la cursiva, así que dejémonos de poses: dos ideas. À la Miguel Noguera, filósofo del siglo XXI y genio sobreanalista de lo cotidiano. No temáis, no pretendo ponerme a su nivel. De sus ideas™ cojo la forma y como mucho el estilo, la presentación, y poco más. No es algo consciente, simplemente esta vez me ha salido así. Sin embargo, la temática es bastante diferente; nada de disparates, nada de imaginación por doquier, simplemente un poco de opinión sobre dos cosillas sueltas que todos hemos visto o de alguna forma percibido alguna vez. Allá va.
Es Nochevieja, o no, el caso es que te has levantado con ángel esa mañana, con estrella, con purpurina celestial. Estás radiante, luz en los ojos, gomina natural en el pelo, la cara como un sol, la sonrisa como un cepillo de dientes. Sigues poniéndote las gafas y embutiéndote la barriga en los pantalones, claro, porque por mucha aura que te haya bendecido esa mañana sigues siendo el mismo feoncio de siempre. El caso es que te duchas, tal, vas al colegio, al gimnasio, al trabajo, y la chica va y te dice: ¡estás muy guapo! Genial, ¿no? La chica, o tu madre, qué más da, pues opina algo bonito, algo encomiable sobre ti.
Pues no. Como ya dijera el repulsivo filósofo y cantautor, no es lo mismo ser que estar. Si estás guapo es porque no eres guapo, igual que si estás tonto es porque no eres tonto. Estás, estado, estado temporal, remarcando lo de temporal. Lo siento, nene, ese día no mojas, como ningún otro. Estás guapo comparado contigo mismo, digamos que das una buena impresión respecto a la impresión normal que suelen llevar de ti; eso no significa ni de lejos que vayas a tener alguna oportunidad extra.
Y vosotras, no seáis así, guardad vuestra inconsciente lengua viperina y daos cuenta que podéis despertar pretensiones insatisfacibles. Ya sé que no es vuestra intención. Simplemente haced caso al señor Harad y recordad que guapo nunca va con está, a menos que seas un cani refiriéndose al nuevo BMW Nosequé o al FIFA pa la Plei del año que toque. Que por cierto, hace once años era el FIFA 99 y ahora vamos por el 10, pero esto qué es, ni Donnie Darko, oiga.
Más breve, más sutil y más cogida por los pelos. Esa gente cuya pseudofilosofía de la vida es prestar atención a las pequeñas cosas de la vida. Propongo una mejor: ahorquemos a Coelho. Ya sabéis toda la parafernalia de esta gente, que si pasar lentamente y con deleite existencial la escobilla del váter, que si sonreír en el espejo por la mañana y abrir el huevo Kinder con tus hijos antes de quitarte la corbata, llorar con tu niña cuando te trae un suspenso del cole o se le rompe una cerda del violín, que no todo es bonito, y bueno, esas cosas.
Y llega una persona de esas, al volante, en un semáforo, pum, se pone en verde. Pero él resulta que no tiene prisa, y le pitan, pero no tiene prisa, porque las pequeñas cosas son las importantes, por eso tarda 20 segundos en arrancar, por eso, por las pequeñas cosas, lo entiendes, ¿no? ¿Ves la relación lógica? Yo tampoco.
A ver, el semáforo es una puta cosa pequeña, de las que tienen importancia. Te aseguro que cuando el puto presidente de la CIA está aprovechando un semáforo para firmar un acuerdo nuclear por teléfono con Bin Laden o con Makarov o lo que sea, no va a salir pitando cuando se ponga en verde, porque eso es una pequeña cosa y lo otro es una gran cosa. Si de verdad dieras importancia a las pequeñas cosas, darías importancia al ignominioso semáforo y serías el primerísimo en meter primera y tirar pa’lante. Así que déjate de gilipolleces, tú lo que eres es un neohippie de palo de los de Saber vivir en ristre o un jodido vago que no emplea su escaso tiempo de vida para cosas grandes porque le pesan los huevos y se monta una filosofía a medida alrededor de ese penoso hecho en vez de intentar hacer que te asciendan pisoteando a los débiles y mandando a tus hijos a actividades extraescolares para no tener que hacerles caso. Frack off.
Sienta bien soltar una parrafada tal y como te viene a los dedos de vez en cuando. Mejor no acostumbrarme ni acostumbraros.
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03/02/2010 05:23
Asociedad, Aún no me drogoHace unos días me fui a la Plaza de España (por recomendación de Aloisius) y me senté por allí, sin hacer realmente nada. En esto se viene el tío que estaba sentado solo en el banco de al lado y se sienta conmigo.

Era un chaval joven, de veintipocos, con pinta de friki y un marcado y horrible acento madrileño. Dijo que venía del pueblo, y que la gente de ciudad va a su bola, y que yo parecía tenso, que por qué, y que abrazos gratis y chorradas por el estilo. Me contó toda su vida y parte de la extranjera, mientras yo oía, sonreía y asentía mientras sujetaba con fuerza mi móvil y la bolsa de mi portátil. En un momento dado me preguntó qué me gustaba leer.
—Eh… de todo un poco…
—¿Narrativa?
—Sí, bueno… Ciencia ficción, sobre todo —me daba vergüenza decir «fantasía», que es lo mío.
—Buah… a mí es que la narrativa no me gusta, ¿sabes? O sea, para qué quiero leerme yo un libro de 500 páginas para aprender lo que un hombre se ha inventado porque sí.
Por supuesto, no estaba de acuerdo con eso, pero su postura me dejó pensando (mientras él seguía parloteando, hasta que vino un amigo suyo negro y con patines y se fueron a jugar al billar). Y me di cuenta de que no tenía una defensa sólida de la importancia de las historias de ficción, de las novelas. Enlacé luego con esa gente que dice que no se debería enseñar Historia o Latín en el colegio. Y recordé lo difícil que se me hacía defender su importancia para la educación de la muchachada. Era lo mismo.
Hace menos días volvía yo en el metro de la Facultad, y en frente mía había un padre con su hijo, que tendría unos cinco o seis años. El niño le pedía con insistencia a su papá que le contara un cuento, y que le contara un cuento y que le contara un cuento, y el padre trataba de evadir el tema sin éxito.
Finalmente el niño se sentó y el padre se puso, ahí delante, a improvisar una historia. No estaba demasiado currada, pero era igual, el niño miraba embobado el expresivo rostro del narrador, de pie en frente suya, muy metido en su papel de cuentacuentos, mientras el sudamericano sentado al lado, que hace unos minutos me había hecho apretar con un poco más de fuerza la bolsa del portátil, observaba la escena divertido, sonriendo. La verdad es que la cara del nene era de esas que te hacen desear follarte a la cani más cercana (que para el caso estaba a pocos metros), esperar a que pariera, mandarla a la mierda y quedarte con el niño para ti.
El tren frenó aproximándose a la estación, el padre-narrador interrumpió el cuento y ambos se dieron prisa para bajar del vagón. Mientras salían, miré con respeto al padre y pensé que, por fuerza, tenía que ser un buen padre, de esos de verdad, de los que, de haber implantado en España un carnet de padres (algún día lo habrá, algún día), llegarían de los ocho a los quince puntos sin una sola falta, de los que el niño, cuando se fuera de Erasmus a emborracharse con suecas, echaría de menos de verdad. En consecuencia, el niño sería una buena persona en el futuro, una persona con la que gustaría hablar, que llegaría a ser padre y contaría también cuentos inventados a sus hijos en el metro volador. Y llegué a esa conclusión sólo porque el padre contó una insulsa y estúpida historia, allí, en un vagón de metro, en vez de enseñar al niño a hacer sumas de tres cifras o a decir «perro» en inglés.
Y colorín colorado, este post, que no es un artículo de la Wikipedia sobre ingeniería o economía sino un par de desdeñables vivencias de un adolescente cualquiera, se ha acabado.
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05/09/2009 22:00
AsociedadPre-nota: Como sé que soy un coñazo de tío, he puesto lo importante del post en negritas. El resto te lo puedes saltar sin perderte información.
Esto era una reunión de amigos létricos. Todos estaban animados, salvo A, a quien se le había muerto la madre viajando en barco. Apenado, A se lo contó a sus amigos B, C y D. Estos, después de compadecerse y todo el proceso, empezaron a hacer coñas sobre la madre de A y su muerte: que si el barco se hundió de lo gorda que estaba, que si tal, que si cual. «¡Joder, qué coño os pasa, que es mi madre!», exclamó totalmente indignado A, a lo que B, C y D cesaron sus risas al instante para adoptar el más serio de los semblantes. «¿Acaso osas», decía B, «intentar decirnos de qué nos tenemos o no que reír? Atadle, chicos.» C y D ataron y amordazaron a A, y con B siguieron proclamando chistes y bromas sobre la difunta madre de A, ahora sin risa ni gozo, sino puño en alto, como proclama política o reivindicación ideológica.
Este es uno de los debatillos típicos de todo foro, blog, Tuitis o conversación en persona en el improbable caso de que tengas vida, como dirían algunos, offline, que más cansinos me parecen: los límites del humor, cuándo deja una broma de ser graciosa para pasar a ser ruin. Humor negro sí, humor negro no.
De entrada, que se debata sobre algo tan serio como el humor me parece una chorrada. El humor es importante, pero no en el sentido de un ideal como la libertad, la igualdad o (adivinad) la fraternidad. No es algo que se tenga que defender, algo por lo que haya que sacrificarse. El humor es importante porque alegra la vida. Ni más ni menos. Hace la existencia más llevadera. Por esto no entiendo a esos adalides del humor como estado superior de la sociedad, esos Cómicos Sin Fronteras dispuestos a soltar todo lo que se les pase por la cabeza y crean gracioso, sin importar a quién pueda afectar, y aplastando toda opinión disidente como daño colateral necesario. No sé, puestos a defender valores vacíos ponte a difundir la Palabra de Firefox entre tus colegas o a fundir el ShipIt de Ubuntu entre los ordenadores de tus familiares más ancianos, que más profundidad ética que esto tiene.
Cuando se te ha muerto tu madre o tu perro, lo último que quieres es que venga un capullo risitas cualquiera a reírse de la desgracia. Es normal, es como una patada en los cojones, es supergraciosa mientras no te la peguen a ti. Lo raro sería que no te doliese.
Ahora bien, otra cosa es pasarnos de rosca y pensar: «si a mí no me gustaría que se descojonaran de mi madre, es que nadie tiene derecho a descojonarse jamás de ninguna madre». Este absolutismo anti-humor negro es otra cara de la misma moneda: darle demasiado valor a algo que no lo tiene de por sí. Es humor, tíos, es reírse de una cosa si hace gracia, y si no, pues no se ríe uno, pero dejémosno de chorradas. Si vengo yo en un blog a hacer una coñita con los del vuelo de Air France no es porque sea un bicho desalmado, sino porque los doscientos o trescientos pasajeros del avión no me importan más de lo que me importa un desconocido estándar, y la entropía empatía que me provocan es menor que la gracia que me hace la cosa. Y no es nada de qué avergonzarse, es natural: no toda la gente nos importa igual, y si no fuera así nos volveríamos locos, porque otra cosa no, pero en cantidad los humanos somos un puñao.

Él sí sabe cuándo tiene que reírse.
Con esto quiero decir: si una cosa te hace gracia, ríete sin complejos; si hay alguien que se siente ofendido o dolido, no te pases, compadécete con él y deja la coña; si te sientes ofendido por norma, sin sentirlo de verdad, déjate de bobadas y deja que la gente se divierta. Y dediquémonos a discutir sobre otros temas mucho más interesantes, como, no sé, el aborto.
Aprovecho para declarar la primera y única Norma que regirá este blog a partir de hoy: no hablar del aborto. Si algún día menciono algo del tema, sólo tenéis que recordarme esta Norma y el post será borrado a efecto inmediato. Palabrita.
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23/06/2009 15:44
Asociedad, Opinión, Sabihonduría, ¡Protesto!No es que no sepa de qué hablar aquí en el blog y por eso lleve doce días sin deleitaros con mi espesa verborrea; es sólo que no he tenido ganas de postear. Sin más. Y si no tengo ganas de postear, pues no posteo, aunque lo cierto es que me he sentido bastante culpable al ver la fecha de la última entrada. En fin, que temas me sobran, así que no temáis, que hay sutilezas impepinables para rato.
Ya de entrada el título os habrá chocado un poco, pero es que hoy me siento extraño. Creo que este post se parecerá poco a los demás en estilo, salvo por mi insoportable arrogancia e iluminismo. De eso no os libráis.
Tengo algo que confesar: el sexo me da asco. Bueno, no. Lo que me da asco es el sexo con desconocidas, o amigas, o desconocidos, o amigos, o gatitos, o… ejem, todo lo que no sea el objeto de mis amores de turno, plaza que por cierto ahora mismo está vacante. Y no es que no tenga ese natural instinto que tenemos todos los tíos (¡y las tías! ¡Las tías más aún!) de querer interactuar con el sexo opuesto por lo bajuno, vamos, que aunque no lo aparente porque soy un cínico asqueroso, creo que no soy menos cerdo que la media de los tíos (que la media de las tías sí, estoy seguro, soy menos cerdo). Pero es sólo imaginarme a una tipa cualquiera ahí toqueteando mi virginal y grasienta res extensa y… ay, quita, no. No sé, de alguna forma me causa repulsa, no sólo para mí, lo mismo en otra gente. El concepto de rollo de discoteca, y no hablemos ya del de follamigo, me parece totalmente repulsivo.
Y vosotros (y sobre todo vosotras) diréis: pues qué retrógado, chico. Que hoy en día nos hemos librado de las cadenas y los bozales y los cinturones de castidad de la opresión social y que podemos y debemos ir refregándonos todo lo que podamos con los demás. Que me vuelva a la Edad Media y os deje disfrutar tranquilos. Y yo diré: que os jodan. Mi mentalidad no es retrógada porque, para empezar, no es una mentalidad. Es un impulso, una impresión, un rechazo irracional, igual que vuestro impulso de follar, y por lo tanto igual de respetable.
Lo que sí es retrógrado es ir con los estereotipos por delante y poner a la gente como yo de pringaos, de reprimidos, de manipulados; en definitiva, tratar de censurar, aunque sea en pensamiento y palabra y no en acto (en Menéame un comentario como este ya estaría en gris), esta forma de considerar la cuestión. Muchas veces me ha parecido que tengo que pedir perdón por tener y mantener una opinión que además muchos de vosotros sentís pero tratáis de aplastar en aras de una supuesta racionalidad de la conducta. Pero los reprimidos somos nosotros, claro.
Ahora bien, diréis: pues tú bien que dices que lo nuestro te parece asqueroso y degradante. Y yo diré: cierto, pero es que lo vuestro es una acción, mientras que lo mío es una omisión. No me dan asco vuestras ideas, me da asco vuestra conducta; en mi caso no hay conducta, hay no-conducta, inacción. Algo que no se hace no puede dar asco. Si me tenéis asco es que tenéis asco a mi ideología, y por lo tanto, os remito al párrafo anterior.
En serio, seamos más tolerantes. Tenemos un déficit de tolerancia ideológica muy importante, aun en los tiempos que corren, en multitud de temas como el aborto, el matrimonio, la justicia, las nacionalidades. Todos seríamos más felices si tratáramos de comprender, aceptar y, por ende, permitir las ideas de los demás. Una mente abierta no es una mente abierta de patas, sino la que acepta mentes abiertas de patas, cerradas de patas, como sean. Cada uno es dueño de su vida y en eso no debería meterse nadie. Ante todo, respeto.
En fin, esta entrada me quedaba mejor hace unas horas, en la ducha.
Puteo de las mujeres patrocinado por el excelso Ministerio de Igualdad.
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09/03/2009 02:18
Asociedad, Opinión, ¡Protesto!Desde tiempos ancestrales, desde los más profundos cimientos de la historia de nuestro país, pesa sobre todos nosotros, sobre cada nuevo españolito una terrible maldición con la que tendrá que enfrentarse en una etapa ineludible de su vida. Es una maldición misteriosa e indeterminada, una maldición que ni siquiera la RAE, tras concienzudas y trasnochadas reuniones y juntas de los más expertos académicos, ha sido capaz de definir.
2. m. coloq. Hombre soso o incauto. U. t. c. adj.
Desde el principio de los tiempos nuestras madres han venido llamando a este inevitable infortunio como «el pavo».
¿Y qué es el pavo? Todos lo sabemos. Al menos, en parte, porque se distinguen claramente tres tipos de pavo: el tipo de humor consistente en hacer el animal irracional y reírse sin demasiado motivo, el tipo de conducta consistente en andar poco espabilao (como romper un vaso, tirar una pelota con poca fuerza, etc.) y… el estado misterioso que al parecer nos afecta a todas las personas entre, más o menos, los doce y los dieciocho años. La fatídica y frecuentemente recurrida edad del pavo.
1. f. Aquella en que se pasa de la niñez a la adolescencia, lo cual influye en el carácter y en el modo de comportarse.
Gráfica del pavo, con sus distintas etapas aproximadas; puede variar entre madre y madre.
Si de algo son poseedoras nuestras madres es de la verdad absoluta. Si ellas, llegada una edad, deciden que te ha llegado, es que te ha llegado y punto. Suelen comenzar a eso de tus trece años con «este niño empieza tempranito con el pavo», siguen a los quince con «si es que ya está en la edad, qué edad más mala con el pavo, qué le vamos a hacer», y continúan reduciendo la brusquedad del discurso gradualmente con «a este le está durando el pavo, con espolones que tiene ya» a los diecisiete, dieciocho o la edad con la que estiman superada la maldición.
¿Síntomas? Todos y ninguno. Son contradictorios. Si empiezas a tontear con el sexo opuesto, es que estás en el pavo. Si sigues jugando al fútbol (si eres macho) o criticando a las demás niñas (si eres hembra) y no haces caso del sexo opuesto, es que estás en el pavo. Si bebes y fumas y te vistes chungo, es que estás en el pavo. Si te quedas en tu casa, rechazas las alcohólicas invitaciones de tu familia y te apartas de los fumadores, es que estás en el pavo. Si pasas del colegio y te pasas el día jugando a la Plei, es que estás en el pavo. Si eres aplicado y responsable y te pasas el día hincando los codos, es que estás en el pavo. Si creces y te desarrollas y le sacas dos cabezas a tu padre, es que estás en el pavo. Si te quedas como en los diez años y tus amigos empiezan a verte como un despojo social, es que estás en el pavo. Si sigues en tu mundo de Yupi con tu mente vacía de criterio, es que estás en el pavo. Si te interesas por la política, la actualidad y te atreves a opinar, es que estás en el pavo. Y así ad infinitum (sí, ya repito latinajos, os soltaré algún otro guay en cuanto pueda). No hay escapatoria.
¿Solución? Por consecuencia de los síntomas expuestos, no puedes hacer nada voluntariamente. Sólo hay dos soluciones, incontrolable la primera, que se combinan: el tiempo y la acusación. Si eres un jovenzuelo en sus quince primaveras cuya abuela acaba de tildar de pavo, lo lamento: no hay nada que hacer. Tienes que dejar pasar un par de años, cuando tu edad empiece a sonar larga (dieciséis, diecisiete, dieciocho), para ir desembarazándote de la maldición mediante la noble acción de acusar de pavo a otro. Si tienes un hermano poco más joven que tú, estás de enhorabuena: por medio de «hay que ver mamá, este ya está con el pavo» con cualquier excusa, le irás traspasando poco a poco tu desdicha. Porque, obviamente, para llamar pavo a otro es que tú tienes que ser menos pavo que él. Finalmente, aunque el límite no está definido (hay quien se remonta hasta los veintitantos), acabarás por desembarazarte de esa pesada carga y serás recibido en el rango de los maduros.
¿Consuelo? Si se dan las circunstancias hay un consuelo posible. Si tu madre tiene entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años mientras estás en este infame período, puedes vengarte con la menopausia. Siempre que la ocasión lo permita, puedes soltarle un «ay mamá, qué edad más mala» con todo el sarcasmo que seas capaz de cargar, y quedarte tan a gusto con tu mordaz contraataque.
Si eres uno de estos mozuelos en plena edad del pavo, ánimo, amigo. Este período es conditio sine qua non (ea, ahí lo lleváis) para alcanzar ese sueño de la infancia que es que te tomen en serio. Una vez lo hayas pasado podrás darte la vuelta, reírte de ti mismo y de los demás chavales que se encuentren en esa etapa. O eso quiero creer, porque yo, con mis diecisiete años, aún no me he deshecho del todo de la sombra misteriosa de la maldición del pavo.
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24/02/2009 02:09
AsociedadAy, el fascinante mundo empresarial. La forma más sutil que ha encontrado la humanidad de demostrarse a sí misma lo egoísta y despiadada que es. Acumulador de las más suaves pieles de cordero para las más sanguinarias fieras asesinas; lo mejor es que después de tantos años de relación entre empresa y consumidor ya todo el mundo ha pillado el truco, y aunque en los anuncios nos siguen vendiendo esa imagen paternal ya no creo que quede nadie que se tome esto como algo más que pura retórica. A no ser que estemos hablando de Google o de Apple, claro.
Cuento todo esto sólo para aclarar que no me refiero a este tipo de hipocresía tan reconocida y arraigada por todos.
En muchos proyectos nuevos, digamos, con un componente social (léase Iglesia, PSOE (y no digo el otro porque de componente social tenía poco desde el principio), PNSOA, asociación de vecinos del barrio de al lado, Jisko, etc.) se suelen mantener unos principios positivos hacia alguna causa más o menos altruista, ya sea promover la libertad, la igualdad, los derechos, el ego, en fin, cualquiera de estos grandes valores. Sin embargo, es cuestión de tiempo que este buen rollo inicial se vaya desvirtuando con el tiempo y, lo que antes era una actitud sincera y activa, se vuelve una especie de lema impuesto, de apellido heredado de los buenos tiempos que muchas veces se vuelve una verdad incómoda, sobre todo, cuando te lo recuerdan y te echan en cara que estás pasando de los propios principios iniciales de la iniciativa, unos principios que, aunque no has dejado de apoyar, sí has dejado de lado como algo pasivo.
Y eso es algo que me ha pasado a mí mismo con algunos asuntos, en algún foro más que nada, en los que acabas tratando a la gente que en un principio lo que más querías era ayudarles lo mejor posible como a una panda de cansinos que vienen periódicamente a molestar un poco y al que mandas con desprecio a leer las FAQs, usar el buscador o le sueltas cualquier ironía interna que haga que se sienta en cualquier sitio menos en un lugar acogedor. Supongo que es algo que le pasa a todo el mundo en mayor o menor medida. Tampoco creo que se solucione simplemente rotando a los integrantes del grupo; esto puede ayudar, pero de alguna forma la deceleración se queda inmanente al grupo en sí, al perder la novedad.
Esta desilusión creciente en los proyectos personalmente me parece horrible, sobre todo en estos tiempos en los que me parece que cada vez estamos más pasivos, nacen menos proyectos, hay menos creatividad en general (cosa que se deja ver en las artes, como la música o la literatura), y rebosa por todas partes un sentimiento de esto ya no es lo que era que extiende la crisis económica en una crisis de la sociedad en general. Bueno, no pretendía ponerme tremendista, pero supongo que todo está relacionado.
Y la pregunta que siempre me gusta lanzar, o por lo menos insinuar, en una especie de analogía a la entropía universal, que es la suma de la entropía de todos los sistemas, sería: ¿cuál es la fórmula para vencer y anular este decremento natural de la ilusión en el gran proyecto global que es la humanidad, que al fin y al cabo es la suma de todos nuestros proyectos individuales?
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16/02/2009 23:52
AsociedadCada vez estoy más convencido de que en el pensar humano hay mucho de autoengaño, que somos una panda de hipócritas de cara a nosotros mismos y, por extensión, de cara a los demás. Me parece que hacemos muchas cosas pensando, o más bien convenciéndonos, de que la hacemos por una razón digamos «noble», bien intencionada, cuando en realidad las hacemos por puro egoísmo o satisfacción personal. Quizá todas.
Pero no quiero extenderme con esto. El caso es que muchas veces nos sorprendemos pensando o actuando de forma contradictoria, paradójica; muchas veces hacemos cosas que sabemos que nos van a causar sufrimiento cuando se supone que lo que intentamos ante todo es evitarlo, o renunciamos a nuestros principios por un rato de satisfacción inmediata, o juzgamos casos iguales en situaciones distintas con una doble moral en favor propia (cosa muy típica de nuestros amigos los católicos, algún día hablaré de esta gente). Cosas de las que muchas veces no somos capaces de darnos cuenta hasta que en un momento dado nos entra la iluminación y pensamos «¿pero qué se supone que estoy haciendo?».
Hay un caso concreto que supongo que ocurrirá sobre todo para los creidillos como yo, que vamos dándonoslas de independientes y de principios inquebrantables y que no nos dejamos influir por ningún tipo de circunstancia y tal. Estamos discutiendo con alguien, alguien de estos que dicen «jeje, cuando te pase a ti ya veremos, ya», y tú dices entonces «y dale, que porque tú no tengas principios y seas un puto animal yo voy a tener que caer en los mismos fallos que tú, pues no, yo me controlo» (bueno, todo esto más bien lo maquillas un poco si todavía te queda un poco de esperanza en caer bien y tal), y entonces, en un rinconcito de tu mente, nace un deseo, el deseo de pasar por la misma situación de la que te hablan para demostrar la fortaleza de tus principios.
Y bueno, en algunas cuestiones poco trascendentales esto puede no tener nada de raro, por ejemplo en pedirte o no una Big Mac cuando estás a dieta. Pero muchas veces lo que discutes es qué harías en una situación jodida, de esas que se supone que nadie querría que le pasara, porque son chungas, se sufre, y nosotros lo que queremos ser felices, claro, cómo no. Pero ya es tarde, estás deseando ponerte en una situación extrema que ponga a prueba tu voluntad, buscas demostrarle al mundo (y, en muchas ocasiones en las que dudas de tus propias palabras, demostrarte a ti mismo) que eres capaz de ser coherente con tus palabras en tiempos de bonanza. Y así, te encuentras queriendo que dejes embarazada a alguna chica, o que alguna tipa molona se te insinúe cuando debes ser fiel a otra tipa, o que te ofrezcan algún producto raro en medio de mucha presión en el entorno, o incluso que se muera una persona a la que quieres. Todos casos reales. Bueno, deseos reales, claro. Ningún caso me ha llegado a suceder. Por suerte. Soy, cómo no, un tipo de boquita.
En fin, esto no pasa de lo anecdótico, no pretendo hacer crítica por esta vez. Sólo me resulta curioso que, en un momento dado, seamos capaces de desearnos cosas tan malas sólo por el afán de demostrarnos al mundo, de verificar nuestra coherencia. Y, aunque obviamente si en ese momento nos dan a elegir nunca tomaremos, por eso de que tenemos razón, autocorrección y tal, estas situaciones tan chungas, lo que no te quita nadie es ese deseo masoquista que está ahí y es real.
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12/02/2009 00:08
Asociedad¿Sabéis cuando una canción te gusta, bueno, está bien y tal, la escuchas, la vuelves a escuchar, la escuchas una vez más, la escuchas con frecuencia, la escuchas por todos lados, te persigue allá donde vas, se esconde en los momentos más insospechados sólo para sonar una vez más hasta que generas el más absoluto de los odios por ese trocito de composición musical?
Vale, yo no, soy uno de estos que si les gusta una cosa les da igual verla u oírla diez, cien o mil veces que le seguirá molando… a no ser que la saquen demasiado de contexto, como es el caso. Por ello hago un llamamiento a los señores organizadores de espectáculos, a los poseedores de móviles con realtonos (al 7777 y tal), a los realizadores de sonido de montajes videográficos, a los directores de bandas de música, en fin, a toda clase de gente susceptible de reproducir audio para que, por lo que más quieran, dejen de meter con calzador la musiquilla de los Piratas del Caribe a la más mínima ocasión.
En serio, la melodía está bien en su ambiente, en su película, quizá en algún que otro momento así donde encaje bien, pero no como as en la manga de cancioncilla popularucha animosa en plan «uy mira cuánta acción transmitimos con este clip tan dicharachero». Porque habéis conseguido que le coja una manía considerable a una música que en su jugo mola bastante.
En fin, me siento un poco Juankiblog. Bueno, todavía no. Verga. Ahora.
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09/02/2009 23:53
Asociedad, ¡Protesto!El ornitorrinco es el bicho raro por antonomasia, el esternocleidomastoideo de los animales, el símbolo de la extravagancia y la rareza.
Sin embargo, el animal que al principio sólo conocían los listillos de siempre se fue difundiendo por el común de la gente. Hoy, saber qué es un ornitorrinco no es menos trivial que saber qué es un lemur, aunque sigue siendo «el animal ese tan raro».
Sí, es muy raro, pero ya no es desconocido, y cuando lo raro se hace común deja de ser raro, ya no es alternativo.
Ahora cambia ornitorrinco por rockeros, hippies, heavys, grunges, góticos, emos. Voilà!
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21/01/2009 02:14
Asociedad