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Pareja-examen y pareja-almohada

Pues eso, que he visto que se me iba el mes sin postear nada y me ha parecido una cosa tonta teniendo como tengo tres o cuatro temitas en el cargador. Subo uno ligerito a la recámara y disparo, baby.

Imaginemos el hipotético caso de un tal Sujeto H que, cuando va a verse con su señorita, llamémosla, no sé, Sujeto A, se intenta vestir con sus mejores galas, se baña con profusión, casi con violencia, se peina hasta los pelos de los brazos, se acicala, se perfuma, en resumen, acude bien emperifollado a la date (el «emperi» es parte importante de la palabra). Por otro lado, el padre de Sujeto H, cuando llega a casa con su vetusta esposa, lo primero que hace es cambiarse, ponerse cómodo con algún trapo cutre, y después de un día de trabajo (no demasiado físico, pero vaya) la ducha ya si eso para después.

Este ejemplo tonto y obvio sólo lo necesitaba para que captéis de entrada la cosa, ya se va entendiendo, ¿no? Últimamente por cosas que te pasan en la vida me he dado cuenta de que hay dos tipos de pareja, o mejor dicho, dos dimensiones en la pareja: la pareja-examen y la pareja-almohada. Y no en temas tan banales como los de la situación hipotética de arriba, precisamente.

Voy a hacer una lista, con puntitos a la izquierda, que me hace ilusión.

  • La pareja-examen se toma su vida noviil como una serie de objetivos a alcanzar y satisfacer sin descanso. Debo regalar esto o lo otro por tal o cual motivo, debo darle cariño siempre que quiera, debo estar veintimuchas horas al días pendiente de su estado anímico, de si me necesita para cualquier cosa; ni una palabra que no haya sido premeditadamente colocada para no fallar jamás, ni una mínima muestra de desacuerdo o disgusto, ella siempre tiene la razón. Ella está en constante prioridad 0, nunca te dediques a otra cosa si ella necesita aunque sea para la más tonta nimiedad. La más mínima relajación es un fracaso, un punto menos en el examen continuo que es vuestra relación. Te hace feliz, y sientes que debes dedicar todos tus esfuerzos a merecértelo.

  • La pareja-almohada llama a su pichoncito cuando sale de estudiar de la biblioteca a las tantas de la mañana y no quiere volver sola a casa, para que se despierte y la acompañe. Expresa todos sus deseos, da rienda casi suelta a su egoísmo de cara a su pareja, porque sabe que está para eso, para satisfacerle y hacerle feliz. Reparte la carga de sus preocupaciones entre los dos todo lo que puede. Se preocupa menos por vestir decentemente, por ir bien peinada. Su gachón o gachí es una parte fundamental de su vida, como una madre, que siempre estará ahí, es una cómoda almohada en la que apoyarse y cargar la pesada cruz del día a día, con la que compartir objetivos y aspiraciones. No tienen que demostrarse nada, ambos saben que se quieren, que son compatibles y son felices juntos, y no se preocupan de tener que hacerlo ver cada dos por tres.

Supongo que lo normal es empezar muy pareja-examen y paulatinamente convertirse cada vez más en pareja-almohada, con sus altibajos según las circunstancias, y que es una cosa normal. Son dos funciones distintas de la pareja, servir como objetivo en la vida y a la vez como soporte para descansar de ella misma. Yo me muero de ganas tanto de hacerla sonreír flamantemente con un regalo lo más acertado y currado posible como de espachurrarme a gusto en el sofá a jugar a la Play mientras ella está al lado, no sé, leyendo o haciendo punto, disfrutando de su compañía sin más preocupaciones. Me parecen las dos igual de bonitas e importantes, y si falla alguna de las dos, lo siento, pero la relación está incompleta. O eso digo yo que aunque no tengo ni fruta idea de nada hablo como si viniera totalmente de vuelta de la vida, el Universo y todo lo demás (probablemente caiga post sobre esto mismo).

A ver qué opina la muchachada más experimentada por aquí, ¿cómo ha evolucionado vuestro nidito de amor?

La falacia del ateísmo

Hoy vengo, más que nunca, a ilustrar al mundo con mi luz de impepinable verdad universal, así que si te caigo bien mejor sáltate este post.

Yo no soy cristiano, un buen día a los doce años decidí dejar de serlo y convertirme en agnóstico. Estaba viendo un documental de no se qué, algo astronómico creo recordar, cuando surgió la duda en mi cabecita y perdí la fe, así, chas, adiós, Dios, nos veremos, o no, cuando estire la pata.

Pero desde el principio tenía claro que el ateísmo no tenía sentido. Sentido lógico, quiero decir. Con los datos que tenemos no podemos llegar a la conclusión de que no existe un dios. Y como soy un chico universitario y doy Lógica, voy a demostrar esto con cálculo proposicional, como hacen los hombres de verdad, para que no quepa duda más allá de la mala interpretación formal del argumento (estaré encantado de recibir correcciones al respecto en los comentarios, si tenéis huevos).

p: Dios no existe.
q: El mundo existe.
r: El mundo no necesita un Dios para existir.
[p ∧ q → r. q. r.] |= p

Para el que no sepa de estas cosas (como yo hace un mes o yo ahora mismo, que creo que llevo un 4 de media ahora mismo en Lógica), la formulita vendría significando algo como «Si Dios no existe y el mundo existe, el mundo no necesita un Dios para existir. Sabemos que el mundo no necesita un Dios para existir. Luego Dios no existe».

Y ahora, a demostrar que esto es falso, con una simple tabla de verdad. Bueno, dos.

p q V F p ∧ q r V F
V V F V V F
F* F* F F* V* V

He marcado en amarillo los casos posibles, y en verde los casos seguros (porque se dan como premisas). Y la conclusión es… ¡Sorpresa! La deducción es inválida, ya que puede darse el caso, como marcan los asteriscos, de que p sea falso (esto es, que Dios exista), y que tanto q como r sigan siendo verdaderos (esto es, que el mundo exista y que el mundo sea posible sin Dios). Es posible que Dios exista aunque no sea necesaria su existencia.

Y ahora vamos a jugar un poco. Vamos a cambiar ligeramente la fórmula, quedando así:

[p ∧ q → r. q. r.] |= ¬p

Si seguimos la tabla de arriba, se ve que esta situación es de igual manera que antes lógicamente inválida, pero posible. El único cambio es que al final, en vez de afirmar que Dios no existe, afirma lo contrario: que Dios sí existe. Podría decirse que este es el argumento creyente.

Sólo hay una diferencia entre los dos argumentos: mientras que el creyente es consciente de la inconsistencia lógica de sus creencias, y por lo tanto simplemente tiene fe, el ateo cree estar siguiendo una decisión racional al negar la existencia de Dios. Y no. Negar la existencia de Dios es igualmente fe, como hemos podido comprobar.

Por eso me toca infinitamente los lacasitos que un gilipollas que no sabe pensar diga cosas como «El ateísmo es la evolución del agnosticismo» (sic), «Un agnóstico es un ateo que tiene miedo a aceptar que después de la muerte no hay nada» (sic, y con el comentario coloreado a positivos en Menéame) y demás mamarrachadas de predicador de barrio y se crea el puto amo de la verdad absoluta, de la razón lógica aplastante, la iluminación de este mundo de rebaños de creyentes y pusilánimes, cuando está cayendo en la misma mierda que critica pero además creyendo que no.

Así que hala, si eres uno de esos ateos iluminaditos que se creen el übermensch tienes un cajetín de comentarios ahí abajo para devolverme la hostia virtual. Si eres capaz de darla tan fuerte como yo.

No tiene por qué

Las personas tenemos un intelecto tan poderoso que muchas veces, sin darnos cuenta, se vuelve contra nosotros mismos.

Hay gente que cree que porque los gays se casen la familia va a desaparecer, que porque en Cataluña hablen su idioma España va a implosionar o que porque ondee una rojigualda en el Parlamento Vasco Euskadi va a ser menos Euskadi. Pero a poco que lo consideres un momento desde fuera te das cuenta de que no tiene por qué.

Porque a ver, ¿qué es una familia? ¿Un conjunto de personas con lazos de sangre? ¿Un buen montón de átomos? ¿Un buen montón de quarks, electrones, gluones y demás mierdas elementales? Estos conceptos sólo existen en nosotros, en las asociaciones que hace nuestro cerebro del mundo de fuera para que podamos movernos por la vida. Pero a veces nos los tomamos tan rígidamente, tan como si el mundo fuera a despedazarse por alterar lo más mínimo estas realidades tan vacías, que acabamos viendo incompatibilidades donde no las hay, acabamos siendo homófobos, rojos, fachas, acabamos poniendo bombas y matando gente por pura cabezonería.

Últimamente tengo la convicción de que gran parte de los problemas del mundo se debe a estas confrontaciones artificiales. ¿Cómo dos personas, que a fin de cuentas tienen un cerebro bastante parecido, pueden estar convencidas cada una de una cosa que se contradice con la otra? ¿Uno de los cerebros está estropeado? ¿Ve verdad donde no la hay? ¿Cuál de los dos? ¿O será que en realidad las cosas no eran tan incompatibles? Romper con falsas contradicciones, mediante un método objetivo que determine cuándo dos conceptos son contradictorios de verdad (una mesa es una mesa, y no una silla… en la mayoría de los casos), no complicar las cosas más de lo que son, mirar al mundo con la máxima sencillez, simplemente haciéndonos una pregunta: por qué no. Por qué no pueden casarse los gays y los heteros, por qué no pueden existir España y Euskadi simultáneamente.

Pero esto no es tan fácil. Autojuzgar las propias convicciones puede resultar muy lioso y desorientarte completamente. Puedes tener miedo a perder tu personalidad, a dejar de ser una persona para convertirte en un montón de partículas elementales conectadas. Si te metes demasiado en el proceso acabas descartando toda abstracción y el mundo se deshace a tu alrededor. ¿Al final resulta que nada es contradictorio porque nada es realmente real?

Es un tema complicado y muy difícil, pero yo intuyo que la cosa es, no quitarle realidad a lo inmaterial, a los abstractos, sino simplemente flexibilizarlos un poco, darnos cuenta de que dos puntos de vista pueden encajar. Y seguir viviendo con tus convicciones, crítico pero no destructivo con ellas, respetando y comprendiendo las de los demás, y más o menos ir haciendo tu vida lo más sencilla posible, que es de lo que se trata a fin de cuentas.

Y bueno, tampoco es la gran cosa esto, pero después de un verano en coma las neuronas tienen que calentar antes de rendir.

Humor de color

Pre-nota: Como sé que soy un coñazo de tío, he puesto lo importante del post en negritas. El resto te lo puedes saltar sin perderte información.

Esto era una reunión de amigos létricos. Todos estaban animados, salvo A, a quien se le había muerto la madre viajando en barco. Apenado, A se lo contó a sus amigos B, C y D. Estos, después de compadecerse y todo el proceso, empezaron a hacer coñas sobre la madre de A y su muerte: que si el barco se hundió de lo gorda que estaba, que si tal, que si cual. «¡Joder, qué coño os pasa, que es mi madre!», exclamó totalmente indignado A, a lo que B, C y D cesaron sus risas al instante para adoptar el más serio de los semblantes. «¿Acaso osas», decía B, «intentar decirnos de qué nos tenemos o no que reír? Atadle, chicos.» C y D ataron y amordazaron a A, y con B siguieron proclamando chistes y bromas sobre la difunta madre de A, ahora sin risa ni gozo, sino puño en alto, como proclama política o reivindicación ideológica.

Este es uno de los debatillos típicos de todo foro, blog, Tuitis o conversación en persona en el improbable caso de que tengas vida, como dirían algunos, offline, que más cansinos me parecen: los límites del humor, cuándo deja una broma de ser graciosa para pasar a ser ruin. Humor negro sí, humor negro no.

De entrada, que se debata sobre algo tan serio como el humor me parece una chorrada. El humor es importante, pero no en el sentido de un ideal como la libertad, la igualdad o (adivinad) la fraternidad. No es algo que se tenga que defender, algo por lo que haya que sacrificarse. El humor es importante porque alegra la vida. Ni más ni menos. Hace la existencia más llevadera. Por esto no entiendo a esos adalides del humor como estado superior de la sociedad, esos Cómicos Sin Fronteras dispuestos a soltar todo lo que se les pase por la cabeza y crean gracioso, sin importar a quién pueda afectar, y aplastando toda opinión disidente como daño colateral necesario. No sé, puestos a defender valores vacíos ponte a difundir la Palabra de Firefox entre tus colegas o a fundir el ShipIt de Ubuntu entre los ordenadores de tus familiares más ancianos, que más profundidad ética que esto tiene.

Cuando se te ha muerto tu madre o tu perro, lo último que quieres es que venga un capullo risitas cualquiera a reírse de la desgracia. Es normal, es como una patada en los cojones, es supergraciosa mientras no te la peguen a ti. Lo raro sería que no te doliese.

Ahora bien, otra cosa es pasarnos de rosca y pensar: «si a mí no me gustaría que se descojonaran de mi madre, es que nadie tiene derecho a descojonarse jamás de ninguna madre». Este absolutismo anti-humor negro es otra cara de la misma moneda: darle demasiado valor a algo que no lo tiene de por sí. Es humor, tíos, es reírse de una cosa si hace gracia, y si no, pues no se ríe uno, pero dejémosno de chorradas. Si vengo yo en un blog a hacer una coñita con los del vuelo de Air France no es porque sea un bicho desalmado, sino porque los doscientos o trescientos pasajeros del avión no me importan más de lo que me importa un desconocido estándar, y la entropía empatía que me provocan es menor que la gracia que me hace la cosa. Y no es nada de qué avergonzarse, es natural: no toda la gente nos importa igual, y si no fuera así nos volveríamos locos, porque otra cosa no, pero en cantidad los humanos somos un puñao.

El Risitas.
Él sí sabe cuándo tiene que reírse.

Con esto quiero decir: si una cosa te hace gracia, ríete sin complejos; si hay alguien que se siente ofendido o dolido, no te pases, compadécete con él y deja la coña; si te sientes ofendido por norma, sin sentirlo de verdad, déjate de bobadas y deja que la gente se divierta. Y dediquémonos a discutir sobre otros temas mucho más interesantes, como, no sé, el aborto.

Aprovecho para declarar la primera y única Norma que regirá este blog a partir de hoy: no hablar del aborto. Si algún día menciono algo del tema, sólo tenéis que recordarme esta Norma y el post será borrado a efecto inmediato. Palabrita.

Vida bonita, vida feliz

Muchas veces tomamos (y yo el primero) decisiones o adoptamos actitudes en la vida con la pretensión principal de alejar todo posible dolor. Si algo nos va a suponer demasiado sacrificio, si hay amplias posibilidades de fracasar, si nos va a doler y vamos a estar jodidos, no emprendemos, no lo hacemos y listo, a seguir pagando fantas o «leyendo» el /b/ de 4chan, según nuestro grado de depravación. Lo tenemos fácil para no hacer nada sin desesperarnos.

Este neoepicureísmo (sí, seré todo lo repelente que queráis pero yo me quedo como Dios después de soltar una perla así) se basa en una ecuación muy sencilla: si algo no nos hace felices, no lo hacemos. Suena muy sensato, y de hecho lo es, esta vez no voy a dar lecciones a nadie; pero sí a hacer notar que hay alternativas.

Hay cosas que no nos hacen felices (o al menos no directamente) pero son bonitas.

Limpiarle las heces a tu madre enferma de Alzheimer es bonito.

Tirarte doce horas currando al día para volver y encontrarte a tu niño vomitando es bonito.

Irte a otro país para pillar un trabajo por debajo de tus posibilidades, vivir en un antro y estar siempre hasta el cuello sólo por demostrar que puedes hacerlo es bonito.

Estar en la sombra ayudando y apoyando a una persona lo más que eres capaz sin más pretensiones que colaborar en su felicidad por más que te duela por dentro es bonito.

Mantenerte firme en perseguir ideal por más que las esperanzas de acercarse a él sean nulas es bonito.

En definitiva, no sabría definir qué es bonito y qué no, y no creo que haya nadie en el mundo capaz de definir la belleza (el ser hecho presencia llevado a su plenitud, dice mi profesor de Filosofía: venga ya), pero lo que está claro es que hay cosas que son bonitas y cosas que no lo son. Y la belleza atrae. Es con las vidas bonitas con las que se hacen películas; las vidas felizmente vacías no interesan a nadie.

No descubro nada nuevo, sólo quiero que esta entrada te sirva como recordatorio cuando tengas que elegir qué camino elegir; tomar el camino difícil, el que te hará sufrir, no siempre es tonto ni absurdo: puede ser bonito.

Si esto te merece o no la pena, ya es cosa tuya.

Hasta el límite

Hay una pregunta que en estos últimos meses me ha estado viniendo constantemente a la cabeza, a raíz de cierto fracaso personal. Es un fracaso de estos que aunque se ven venir, cuando llegan te quedas con el culo torcío preguntándote qué ha pasado con todo lo que tenías, con lo que pudiste haber tenido, con lo que ya nunca tendrás. Vamos, un FAIL bien gordo que te hace replantearte mucho de la estructura de la realidad que tenías establecida.

Esa pregunta es: ¿hasta qué punto somos capaces voluntariamente de cambiar nuestra realidad? Dicho de otro modo, ¿cuál es límite entre lo posible y lo imposible para una persona?

Nietzsche viejuno.

Así acabó el señor Friedrich, el del superhombre y tal.

Yo era el típico listillo que decía «Y los que quieren dejar de fumar, ¿por qué no dejan de fumar y ya está?», y cuando ellos me decían «no es tan fácil» y tal simplemente pensaba que no tenían la suficiente fuerza de voluntad, que eran unos animales sin autocontrol que se engañaban a sí mismos. Lo mismo con los estudios, con el carácter, las dietas, las metas personales, cualquier cosa. Pensaba que todo era cuestión de echarle la suficiente voluntad, y que todo lo que se interponía entre tú y tu objetivo era algo a aplastar con la sola fuerza de tu libertad. Que éramos libres de llegar hasta donde quisiéramos, todos, sólo que a unos les costaría más y a otros menos.

Hasta que llegó la hora de poner esto en práctica. Me llegó la oportunidad, cogí mi objetivo y me decidí a conseguirlo a pesar de todo lo que me separaba de él, que era mucho, muchísimo. ¿Demasiado? Esa es la cuestión. ¿Hay algún punto en el que tu objetivo llega a estar demasiado lejos como para alcanzarlo? Estaba convencido de que no. Sólo tenía que andar lo suficiente, lo veía como algo lineal, ir subiendo peldaño a peldaño, con la fuerza que fuera necesaria. No veía que quizá, en algún punto, el esfuerzo por subir no compensaría, o que simplemente no debía subirlos, porque me acabaría destrozando sólo por el afán de llegar a la cima, o que el llegar al objetivo no sólo dependería de mí, que las variables y las constantes limitaciones podrían imposibilitar la misión. Además, tenía varias posibilidades: abandonar mi objetivo sin más, tratar de llegar a él por una vía intermedia, más cómoda y gradual, o tratar de alcanzarlo con toda radicalidad. Me decidí por la segunda opción, me pareció suficiente. No me voy a engañar, nunca arriesgué demasiado, hasta que fue demasiado tarde. Y fracasé. Todo dejó poco a poco de tener sentido. La escalera se desvaneció bajo mis pies.

Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿No fui lo suficientemente fuerte como para lograr mi meta, como los fumadores arrepentidos? ¿Fue culpa de las variables externas, que hicieron imposible conseguir lo que quería? ¿Fue culpa de las constantes, por lo que la misión nunca fue realmente posible? Son cosas que nunca sabré, porque nunca llegué hasta el límite de mis capacidades. Pude hacer más, pude tomar la vía radical. Y, aunque visto con la perspectiva actual no me parece que la culpa haya sido fundamentalmente mía, en su momento el sentimiento de culpa, el complejo de perdedor era total en mí.

Hasta que este sentimiento no fue suficiente. No sabía si era de verdad mi culpa. Porque la realidad está ahí. Por más que yo pensase que mi voluntad era la variable fundamental de la ecuación, lo cierto es que probablemente había otras igual o más importantes; sin ir más lejos, voluntades ajenas. Así que, aunque yo hubiese sido débil e insuficiente y eso rompiese mis esquemas mentales de predominio de la voluntad, la realidad no tenía por qué adecuarse a ellos. Todo es un entramado muy complejo de circunstancias, tensiones y fuerzas, de funcionamiento interno de las personas, de capacidad real de control. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo voy a actuar si no soy capaz siquiera de saber si soy capaz de actuar? ¿Tiene sentido tener una conducta determinada? ¿Tiene algo sentido? Llega un punto en que nada te parece demasiado real. Cuando se desmorona tu escalera no tienes dónde agarrarte.

Solución

Con la patochada esta de los cartelitos ateos parece que poca gente se ha dado cuenta del verdadero significado de la palabra «probablemente». Muchos dicen que por ello los colegas carteleros son ateos de pacotilla, o de no ser convincentes. Yo les acuso de incoherentes. De que probablemente no exista Dios yo no saco que haya que vivir la vida como si no Dios existiera, sino precisamente lo contrario. Yo lo entiendo más como un «posiblemente Dios exista». Extrapolando el caso al tema del post, a las metas, el eslogan sería algo como «Probablemente tu propósito es inalcanzable, así que deja de preocuparte y ponte ciego en el botellón.» Y yo digo: «Puede que tu propósito sea factible, así que deja de meterte mierda y dalo todo por conseguirlo». Que no se diga que, si fallaste, fue por tu culpa.

Y este es mi consejo final: hagas lo que hagas, actúa como si no existiera límite. Dalo todo. No pienses en el fracaso fuera de ti. Ignora la realidad y simplifícalo todo. Imagina que tu camino es una extensión estática entre tú y tu objetivo. Porque esa es la única forma de llegar hasta el límite, de no tener que arrepentirte de nada si fracasas. No sólo se trata de ponerte a cumplir tu misión, tienes que exprimirte al máximo aunque no lo creas necesario. Porque las cosas pueden torcerse o no ser como tú pensabas que eran, y en ese punto, en ese punto lo único que importa no es tu determinación sino tu densidad de actuación. No es el movimiento sino la velocidad, no son los metros, sino los metros por segundo.

Y allí, en tu límite, en el límite abstracto que debes ignorar pero que existe, aunque no te voy a decir que triunfarás, como creía yo, si fracasas, al menos habrás jugado todas tus bazas, no podrás echarte nada en cara y tu vida tendrá tanto sentido como es capaz de tener.

Aunque, bueno, eso es otra entrada.

¿Qué es un lapicero?

  1. Un recipiente para guardar los lápices.
  2. Una barra de madera con un núcleo de grafito; lo que viene siendo un lápiz.
  3. Una barra de plástico cargada con finas barras de grafito; lo que suele llamarse un portaminas.
  4. Un humilde artesano fabricador de lápices.

Solución

  1. Si has respondido esta, es que eres una persona lógica y coherente. El lapicero es al lápiz como el paragüero es al paraguas.
  2. Si, por el contrario, has respondido esta, supongo que eres uno de estos infames cuadernillos de caligrafía (no recuerdo si eran los Rubio o alguna imitación), o bien llamas papelera al papel. Espero que al menos llames lapicereros a los lapiceros de la A.
  3. Si has decidido llamar lapicero a un dispositivo portador de minas de grafito, pues mira, tiene más sentido que la B pero llamar lápiz a la mina es como llamar violín a la cerda.
  4. Finalmente, esta opción, aunque me parece muy válida, disgustará a las gigantes de la lapicería como Staedtler y Alpino (con madera de cerdo), así que vuelve al siglo de las marcas o vete a una comuna hippie.

Dignidad

Aviso desde ya que esta entrada me va a salir un poco coñazo, al igual que la de la gente que no sabe pensar, pero es que no pretende tanto ser una reflexión como servirme de base para algunas entradas que están por venir, también al igual que la susodicha (qué palabra más pomposa). He pensado que con esta forma de construir una especie de series de posts, de abajo hacia arriba, bifurcando y entrelazando, puede salir a la larga un producto coherente y bien asentado.

Ay, dignidad. Eso que reclaman para sí los informáticos de este país, eso a lo que nos da derecho la Constitución en cuestión de viviendas, eso que perdiste aquella vez que hiciste un concurso de pedos con tus amigos sin pantalones estando ídem; vamos, que como ves es una cosa que más que sobrar, falta. Y ¿qué es? A mí me gusta definir cosas, y defino dignidad de dos modos. La dignidad exterior sería por lo que decimos «el hombre es más digno que el perro», y la dignidad interior, en la que me voy a centrar, sería el grado de correspondencia de cada uno con su naturaleza. Aquí entran los ejemplos que puse antes: a un informático le corresponde un buen sueldo pero tiene un salario de mierda, por lo que reclama más dignidad; la Constitución nos atribuye una vivienda digna, pero podemos pagarnos una cuchitril apto para pitufos y nos quejamos.

La dignidad es una de esas cosas que intuimos instintivamente en las personas y cosas, una abstracción al fin y al cabo. Está presente constantemente, de forma subconsciente, condicionando nuestra relación con todo nuestro entorno. En la dignidad se basa el respeto (que no es sino el reconocimiento de la dignidad; si el empresario subiera el sueldo al informático estaría respetándolo), la ética (si no salimos a quemar viejas en vez de jugar al GTA es porque respetamos a las viejas), incluso instintos básicos como el asco (para nosotros más profundo que para los animales; nos pueden dar asco tanto las lentejas como el nazismo, porque no son dignos de personas, o al menos de nosotros). Por otra parte, las personas tendemos a compararlo todo con su ideal. Vemos una calle sucia y estropeada y la comparamos con nuestra idea de cómo debería ser una calle, y pensamos: «qué calle más indigna». (Bueno, en realidad no pensamos eso si no somos unos repelentes como yo, pero algo sinónimo). Estamos continuamente pensando y actuando conforme a la dignidad de las cosas.

Esto no es dignidad.

Esto no es dignidad.

Obviamente hay gente que tiene más sentido de la dignidad que otra. Hay quien pone el tope de dignidad más lejos y quien lo pone más cerca (informáticos y empresarios sin ir más lejos), o quien sencillamente pasa más del tema que otros (quizá al del concurso de pedos no le importó al día siguiente, cuando le contaron la hazaña). Yo resulto ser uno de esos ultraescrupulosos que ve atentados a la dignidad por todas partes. No voy a extenderme conmigo en este post, pero en resumen, como la persona tiene una parte mental mucho más desarrollada que los animales y, por así decirlo, un tanto independiente de la parte corporal (abstractamente por lo menos), veo (casi) todas las actividades físicas como algo indigno de los humanos, algo que nos rebaja, nos sobra y no nos corresponde, algo a eliminar o, si no es posible (como suele ser el caso), a tratar disimular o dignificar lo máximo posible (comer con tenedor es más digno que hacerlo con las manos). Obviamente tengo que vivir, normalmente no reparo en la mayoría de las cosas o acabo pasando pero a veces salgo un momento del sistema, me miro y pienso «pero bueno, ¿dónde estoy metido?».

Asimismo, me parece muchas veces que los animales son más dignos que nosotros, porque hacen simplemente lo acorde a su naturaleza, meramente corporal. El gato va desnudo por el mundo, pero es que ese es su tope de dignidad, vestirlo sería, de hecho, indigno para él. Incluso hace un tiempo escribí un diálogo entre un hámster y un hombre en el que el hombre se jactaba de su dignidad superior y el hámster le demostraba que era más digno que él, con estos mismos argumentos (aunque todavía no me había rallado tanto la cabeza, así que me quedó un tanto cojo). De hecho es por esto que me afecta tanto lo que veo indigno en mí y en mi alrededor que he pensado tanto en esto, para tratar de justificar mi a veces rara conducta respecto al mundo (sobre todo con mi enemigo personal número uno: el alcohol, al que algún día dedicaré un post en condiciones).

Voy a terminar mis idas de pinza como suelo terminar las entradas (llevo trece contando esta y me atrevo a decir suelo, fíjate tú): instando al lector a que detenga mis demenciales neurosis producto del aislamiento social (sí, también sexual, puntito para Freud) con un comentario que me devuelva la sensatez y me baje de mi nube al mundo real. Y, como dice el refrán: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Entradas… ¿siguientes? ¿anteriores? ¿antiguas?

Imagino que sobre la cuestión se habrán vertido ya ríos de píxels, pero bueno, prefiero no mirar en Google y permanecer en la bendita ignorancia de que puedo hacerme el gurú con cierta dignidad, que ya que hemos quedado en que sólo trato de ser infame-like pues también lo imito en esto.

Pero bueno, el caso. Con esto de los blogs (curioso, seguimos hablando de los blogs como si fueran una novedad cuando ya llevan bastantes años en escena, la magia de la 2.0) se ha replanteado la paginación de posts, algo que en los foros no daba demasiado problemas pero que cada blog (cada theme, más bien) implementa como le parece al autor. Y es normal, porque lo que es tan intuitivo en los foros no lo es tanto en el sistema de los blogs. Hay varias posibilidades:

  • Podemos tomar como que el blog es como un libro, la portada del blog sería la primera página, y para pasar a la siguiente página pulsamos un enlace donde pone eso, «siguiente».En general se trata de que lo más antiguo es lo siguiente, y lo más reciente, lo anterior.

    Captura de demasiada Cafeína.

    Captura de demasiada Cafeína.

  • Otra opción es tomárselo como un diario, es decir, la portada del blog es el diario abierto por la última página escrita, y para ver las entradas anteriores tenemos que ir a la página anterior. Sería justo al contrario que en el punto anterior: lo más antiguo es lo anterior, y lo más nuevo, lo siguiente.

    Captura de Reflexiones sin importancia.

    Captura de Reflexiones sin importancia.

  • Por otro lado, podemos poner el enlace a los posts más antiguos (sea el de «siguiente o el de «anterior») a la derecha o a la izquierda. Esto también es ambiguo. Si se busca la similitud con un libro (que creo que suele ser el caso) puede verse como que pasamos la página hacia la izquierda o que destapamos la página que está a la derecha; aunque hay más tendencia hacia lo primero. Esto hace que, así a bote pronto, sea imposible distinguir hacia dónde apuntan los enlaces de los ejemplos anteriores: hacia delante o hacia atrás en el tiempo.

Captura de Petite Princesse.
Captura de Un lagarto abuhardillado.
Captura de El balrog con alas.
Captura de Qué quieres que te diga...
Captura de aNieto2k.
Captura de Photo Matt.

En este pequeño collage de famosérrimos blogs se aprecia que cada uno se toma el detalle como se le antoja, en todos los sentidos: orden, posición, términos usados. Supongo que habrá una disputa de estas que tanto les gusta a los diseñadores entre las diferentes tendencias, como pasa con los párrafos justificados, por ejemplo (sí, yo uso párrafos justificados, ya podéis ponerlo a parir los que ni os dais cuenta pero lo criticáis porque tenéis mucho criterio), donde cada uno suelta sus opinioncillas y nadie se pone de acuerdo. O quizá no, quizá todos han pasado de esto y se han limitado a imitar al Kubrick o a ponerlo como primero se les ha ocurrido. El caso es que muchas veces, cuando llego a un blog, no sé a qué botón tengo que darle para ir hacia donde quiero ir: casi ninguna opción lo deja demasiado claro (¿qué significa exactamente «siguiente»?). Así que exijo al mundo que alguien imponga un estándar, la W3C mismo, que tiene experiencia; así al menos habrá borregos y alternativos, y no el batiburrillo que hay formado ahora.

El sistema perfecto, usado por Ion Litio, que apenas deja lugar a dudas. Tosco pero efectivo, típico de la 1.0.

El sistema perfecto, usado por Ion Litio, que apenas deja lugar a dudas. Tosco pero efectivo, típico de la 1.0.

Por cierto, por si alguien se lo preguntaba (a día de hoy en el blog no se ven aún estos botones, porque aún vamos por la primera página), en este blog se vería tal que así:

Formato diario, pase de página hacia la derecha, términos poco ambiguos. Creo.

Formato diario, pase de página hacia la derecha, términos poco ambiguos. Creo.